domingo, 16 de octubre de 2011

La solución a todos los problemas judíos no es la solución final


Hace algo más de una semana (el 4 de octubre de 2011) se publicó un comentario sobre el “preocupante” grado de discriminación judeofóbica existente en Argentina.
Tenía ganas de escribir algo al respecto, pero justo me remitieron (gracias, Miriam Alazraki) una entrevista realizada a Mario Sznajder en donde se resumen bastante bien algunos de los puntos que me hubiera gustado destacar, y que recomiendo leer, al menos para que se note que otros, incluyendo expertos de la universidad hebrea de Jerusalén, opinan más o menos como yo en algunos puntos controvertidos.
Por otra parte, desde hace muchos años he trabajado sobre la base de que el estado argentino y sus aparatos ideológicos han trabajado con la integración del diferente, pero de manera xenófoba, es decir, que el modelo de integración se orienta sobre todo a la eliminación de las diferencias, antes que a la idea de formar un estado pluri-cultural (vean, por ejemplo, mi ensayo Ovejas Carnívoras en https://sites.google.com/site/soltonovich/home/ensayos).
Como muchos de los comentarios de Sznajder en cuanto a tomar con cautela y sentido crítico los resultados de la encuesta (que no son sorprendentes en lo absoluto) sintetizan mi propia posición al respecto, quiero enfatizar un punto particular, que es la estrategia general de conocimiento de la situación de los judíos en el país. Es, ciertamente, información relevante saber que muchos de los prejuicios clásicos contra los judíos permanecen vigentes, desde la responsabilidad en la muerte de Jesús-Cristo hasta la avaricia acumulativa y la doble lealtad, que es entendida como la lealtad supuesta hacia el estado de Israel por encima de la lealtad debida como ciudadanos argentinos al país.
Particularmente, me causó algo de gracia (en sentido tragicómico, por cierto) relevar que algunos de estos prejuicios no son infrecuentes entre los propios judíos y que algunas prácticas de ciertos dirigentes judíos argentinos en los últimos veinte años no han hecho mucho para rebatir los prejuicios vinculados a la avaricia financiera, el tráfico de influencias, la auto-exclusión, el elitismo y el desprecio por las diferencias (en este caso, en relación a las diferencias internas en la propia población judeo-argentina, como se observa en el tratamiento de la cuestión de las familias multi-culturales –o mixtas–). El primer dato que se declara en la nota es que tres de cada diez personas no viviría en barrios con “muchos judíos”... lo cual parece ocurrirle también a cuatro de cada diez judíos. Aunque esto último es un chiste, habría que relevar si efectivamente es solamente un chiste.
Sznajder destaca que hay que destacar también lo que significa el alto grado de “saliencia” (me suena a neologismo, pero su sentido es claro), de abandono en Latinoamérica de los marcos comunitarios judíos, la fase práctica del deseo de dejar de pertenecer o de dejar de identificarse con un determinado colectivo. En este sentido, me gustaría destacar la ceguera implícita en el estudio sobre discriminación encargado por la DAIA: esta orientación de la mirada equivale actualmente a preocuparse por las goteras de la habitación cuando hay un incendio en la cocina. Sí, como dice el experto entrevistado, la judeofobia es una característica de la civilización occidental, esta saliencia de judíos del judaísmo es también una característica del judaísmo en la modernidad occidental, de modo que no es un fenómeno tan nuevo como para que la preocupación por la mirada del otro sea producto de la ignorancia. No mirar el incendio en la cocina es, por lo tanto, al menos en mi opinión, una decisión política tomada sobre una base ideológica en la cual la “autenticidad” de lo judío no es considerada sino en función de los riesgos que corre una elite judía que se pretende a sí misma (erróneamente) aislada o  protegida del fenómeno de la aculturación.
Otro aspecto divulgado de la encuesta es la idea de que los judíos “hablan demasiado del Holocausto”. La propia preocupación surge de una incomodidad fundamental en cuanto a la identidad. Yo mismo me he preguntado muchas veces sí la identidad basada en un genocidio no es contraproducente para la preservación de esa misma identidad. No se trata de preferir el olvido del genocidio nazi o la judeofobia existente, sino de plantear el problema de carecer de otras fuentes de identidad personal y colectiva. Tampoco se trata de criticar la simpatía por el estado de Israel, pero sí de preguntarnos sí la identificación con un estado nacional moderno es compatible con las bases precedentes de la identidad judía.
Mi preocupación al respecto es la siguiente: el estado de Israel surge, como idea política, para defender a los judíos de la judeofobia occidental, basada en determinados prejuicios adheridos a la condición judía, que para el sionismo ideológico sólo la existencia de un estado-nacional judío podía solventar. Ahora ese estado existe, pero no puede absorber a todos los judíos del mundo (ni éstos quieren ir a vivir allí), no puede detener la gradual desaparición cultural de las comunidades judías y no contribuye a la desaparición de los prejuicios judeofóbicos. Ahora bien, si no va a defenderse nada propiamente judío, desde el punto de vista cultural, ¿para qué sostener la naturaleza judía de un estado particular, lo cual sólo da problemas? La condición de ciudadanía en Israel es por esta razón problemática (yo, que ni siquiera tengo intenciones de defender esta idea política del sionismo, tengo más posibilidades reales de obtener la condición de ciudadano israelí que el descendiente de una familia árabe  o palestina que haya vivido en la región durante los últimos dos milenios). Sí el judaísmo como identidad cultural particular y plural a la vez marcha a la extinción y nada vamos a hacer seriamente para impedirlo, ¿para qué sostener la idea de un estado que defienda la condición judía?   
Al margen de toda consideración relativa a la justicia, aún centrándonos únicamente en la cuestión del poder: ¿qué diablos estamos haciendo? Más inteligente, en este sentido, sería aprovechar la oportunidad y promover nuestro aparente suicidio cultural, por lo menos de modo nominal. Ya he opinado que por nuestro futuro religioso nada temo por el momento: el judaísmo-coránico o mahometano parece garantizar una base demográfica firme y las tendencias conservadoras u ortodoxas del judaísmo occidental pueden pasar a ser consideradas como aquella curiosa y pequeña rama del judaísmo que no aceptó la prédica mahometana. ¿La idea es sorprendente? Recordemos que ha existido un judaísmo marginal, el caraísmo, cuya pretensión es similar: no aceptar la Mishná ni la Guemará (producto de las escuelas fariseas) como fuentes normativas judías válidas. Además, actualmente se puede considerar judío a aquel que no sabe ninguno de los seiscientos trece preceptos sino de modo referencial, de modo que tampoco es tan grave la cuestión. Muchos estados siguen manteniendo el derecho a la ciudadanía de acuerdo al derecho de sangre. Israel, en este sentido, ni siquiera debería modificar demasiado la legislación vigente.
Lo único que debemos hacer es cambiarnos de nombre, y terminar con el problema de la judeofobia de una vez por todas. Casi ninguna persona es realmente capaz de reconocer a un judío si éste no se declara como tal. Así que, cuando nos pregunten, no diremos más que somos judíos, israelitas o hebreos, sino simplemente, no sé, por ejemplo: “Toraístas” y nos confundirán con taoístas, con toda probabilidad. En Argentina no hay taoismofobia, que sepamos. La denominación quizá no es muy buena, porque la mayor parte de los judíos actuales no leen la Torá, pero casi ninguno proviene tampoco de Judea (arrasada por Adriano en el siglo segundo de la era común), ni mucho menos de la tribu israelita de Judá. En vez de “israelitas”, por ejemplo, podemos usar Yacobistas (está escrito que Israel y Yaacov eran la misma persona, a fin de cuentas) y utilizaremos el moderno prestigio de los Jacobinos franceses en nuestro favor. En vez de hebreos, en otro caso, podemos auto-denominarnos hititas del sur, babilonios occidentales, sinaístas del norte o algo por el estilo, ya que nadie recuerda quiénes constituían la tribu Habiru, ni donde vivían exactamente.
Ya que no vamos a defender culturalmente al judaísmo, seamos inteligentemente judíos (eso también lo dice la encuesta: somos codiciosos pero inteligentes) y ganémosle de mano a nuestros prejuiciados detractores: desaparezcamos nominalmente del mapa y que le sigan disparando a las nubes. A usted, que del judaísmo le importan dos o tres comidas de la bobe, ¿qué más le da si se llama “comida judía” o “new-id-fusion”? En las sinagogas (que ahora serían “centros toraístas de oración y reflexión”) deberíamos reemplazar la estrella de David (un tipo que sacrificó a un amigo para quedarse con su esposa) con otro símbolo. Ahora no se me ocurre ninguno que no sean un triángulo con un paralelepípedo debajo, que figure el arca de Noé; ¿la manzana de  Adán y Eva? Eso no. En realidad, no sabemos si era una manzana (que es más bien una idea griega vinculada a las Hespérides) y, además, corremos el riesgo de un juicio por parte de Apple. En fin, “que de eso se encarguen los de mercadotecnia” dicen en “Los simpsons”.       
Será o no verdad que “en el principio era el verbo” pero, al final, un judaísmo donde sólo importan los sustantivos y los adjetivos, que se olvida de los contenidos, no parece una identidad en la que merezca la pena existir. Disculpen el tono mordaz, el sarcasmo violento, la acidez argumental. Supongo que este persistente dolor en la espalda (tan agudo como la consciencia de nuestra impotencia para seguir defendiendo lo que el judaísmo tiene de rico y hermoso) me induce a pensar en este tono. Pero, por favor: piénselo. Alguien mejor que yo podría tener una idea para una auténtica estrategia de supervivencia cultural que sea válida hoy en día, en este mundo de identidades fugaces y livianas, de amistades banalizadas, de relaciones por teleconferencia, de consumismo feroz.
Y tampoco seamos tan estúpidos como para tomarnos demasiado en serio a nosotros y a nuestros problemas. La FAO (organización para la alimentación y la agricultura de las ONU) nos informa que mil millones de personas sufren en el mundo de hambre crónica, y las previsiones para los próximos cinco años es mala. Pongamos las cosas en perspectiva.

viernes, 7 de octubre de 2011

El rostro del héroe: el día del perdón, la identidad y la memoria


Imaginemos por un momento a una persona que cada día se despierta y no guarda recuerdos consistentes de su vida pasada. Responde a comportamientos aprendidos casi instintivamente: se despereza, contempla la pálida luz de la ventana, percibe vagamente los sonidos de la calle, que tal vez le resulten familiares. Se levanta de la cama, casi tropezando varias veces con objetos dispersos en su habitación, pero sin tropezar realmente. Se apoya en el marco de una puerta, sale a un pasillo y, por fin, llega a un cuarto de baño. Obedeciendo a las reglas de su edad, en la cual no está pensando, orina antes que hacer ninguna otra cosa, no tiene problema alguno para soltar el agua. Tal vez sin lavarse las manos se dirige a la cocina y se sirve un vaso de agua, lo bebe y retorna al baño donde, por fin, se lava la cara y se mira al espejo.

Pero no reconoce la cara que en él ve. Se asusta ante esa imagen desconocida que sabe que es propia, pero al mismo tiempo ajena. Se toca el rostro con miedo y curiosidad, como temeroso de romper esa imagen y sin conseguir borrar de ella la expresión de estúpida sorpresa. Para que el mundo tenga todavía algún sentido, intenta recordar su nombre pero, aunque un nombre viene a su mente, no consigue estar seguro de sí es un nombre preciso, sí realmente le corresponde a ese rostro y a esa vaga sensación de “ser yo” que lo acompaña. Toma consciencia de no tener recuerdos de su vida anterior. No puede hacer nada al respecto y, algo que es tal vez es más horrible e inmediato, no tiene idea de qué hacer a continuación. Todavía necesitará alimentarse, vestirse, protegerse del frío, procurarse afecto y sociabilidad pero, por el momento, lo atrapa el horror de esa figura desconocida que lo mira desde el conocido espejo. Hay dos cepillos de dientes cerca de su mano. Pero no sabe cuál es el suyo.

No es extraño que otras personas se miren también en sus espejos sin experimentar este espanto de la desmemoria, de la dislocada distancia que se presenta entre lo que se ve y lo que debería (o tal vez preferiría) verse, pero quizá experimenten varias veces en su existencia cierta incredulidad al mirarse al espejo y reconocer con claridad los cambios en las propias facciones, cosas que preferirían no ver, no reconocer.

Si estas personas afinaran su mirada, si fueran, por ejemplo, personas judías viviendo en este siglo XXI, llegarían a pensar quizá que, dentro de la normalidad de los cambios que acontecen con el paso del tiempo, en algunos aspectos se parecen también a esa persona completamente desmemoriada. Ellas, que no han olvidado el hecho cotidiano de percibirse como judías, también se despiertan y se desperezan con la precisión de un gato o de una máquina programada, esquivan pequeños obstáculos cotidianos y realizan esos mínimos rituales que le dan a su vida continuidad, cierta sensación (siempre débil y bastante banal) de control sobre su propia existencia.

En estos “días terribles” que estamos atravesando entre el comienzo del año y el día del perdón recurro al símil y a la analogía para retratar una realidad cultural que nos habla del olvido y de la pluralidad, pero también de la ignorancia y la esperanza. Lo que no se recuerda, no puede practicarse, lo que no se practica, antes o después, termina por desaparecer, transformado quizá en el recuerdo de otros, como cuando decimos que los antiguos egipcios embalsamaban a sus faraones, o que los antiguos mayas realizaban sacrificios humanos. Actualmente, para muchos judíos la desmemoria y la falta de práctica de su judaísmo parecen tan graves que tienden a aceptar que el judaísmo es lo que otros hacen, lo que otros practican, mientras que esa comparación los hace extraños de su propia identidad.

Porque no se ha extendido la comprensión de que ser es ser en la lucha por seguir siendo, ser judío (como ser de cualquier otra identidad cultural) es empecinarse en permanecer en la propia identidad, en la memoria propia, en las propias prácticas cotidianas. Y no nos dejemos engañar: nadie ha planificado extirparnos la memoria. Todo lo que ha ocurrido es que nos vamos acostumbrando a un mundo que tiene su propia historia y que nos invade con sus propios recuerdos y prácticas. No hay en ello nada de malo, ni siquiera nada de terrible, a menos que nos cause dolor el olvido de la propia identidad.

Soy de la opinión de que la memoria personal (esa que constituye nuestra identidad, esa identidad por la que debemos luchar si pretendemos conservarla) no es nada sin cierta memoria de lo colectivo, que no podemos pensar realmente en lo que somos como personas sin remitirnos a lo que somos como colectividad. En otras palabras, sin captar como nuestra biografía se integra con la historia de la que formamos parte.

Toda cultura conocida se envuelve en relatos de su origen (siendo que poco y nada importa la calidad de realidad o ficción de tales relatos) y las personas se involucran en este relato, o lo reemplazan por otros. Y esto último es lo que está ocurriendo con una porción más que importante de las comunidades judías, incluyendo a las existentes en el estado de Israel. No hay excepciones.

No estoy abogando por un retorno a la creencia estricta en los antiguos relatos bíblicos (soy personalmente incapaz de considerarlos poco más que mitología). Estoy abogando por el conocimiento (por la lucha por el conocimiento) de la propia historia judía, incluyendo los grandes relatos bíblicos como modos pretéritos de construir la identidad, para que cada judío tenga una historia social en la cual comprender su biografía, donde pueda integrar la comida de la abuela y las prácticas de sus mayores, donde tengan sentido judío los sabores, los sonidos recordados en melodías y canciones.

Y estoy abogando también por la libertad y la pluralidad, por la tolerancia y la renuncia a intentar imponer una única y “verdadera” forma de ser judíos. Somos diferentes ahora, esa es nuestra realidad, tenemos diferentes rostros. Sea entonces así, tengamos diferentes y comunicados judaísmos. Sí hay quienes optan por mantener la memoria y la práctica desde determinadas interpretaciones de lo religioso, que sea así. Nos bastaría. Sí hay quienes se vuelcan a una espiritualidad más vinculada a otros textos y relatos, que no son los libros comunes de la Torá, sino otros subsiguientes y valiosos (el Talmud, el Zohar, el Shulján Aruj, la Historia universal del pueblo judío, de Simón Dubnow o cualquier otra fuente de inspiración intelectual o práctica), bienvenida sea esa pluralidad, que hará indispensable la recíproca tolerancia. También el nacionalismo sionista es parte de esta lucha, no debemos olvidarlo. Pero la historia de la lucha por conseguir y defender el estado judío no es excusa para borrar el eco de otras formas de identidad judía.

No se trata de una lucha entre “nuevos” y “viejos” judaísmos. Se trata de una lucha plural para que cada quien pueda reconocerse en el espejo, no como una mera imagen, no como un mero nombre, sino como una persona integral, que no le deba a nadie su identidad.

Es evidente que los obstáculos son muchos: la realidad actual nos rodea y nos seduce con mil formas de construir nuestro ser, nuestra identidad, nuestra memoria. No somos ilusos: jamás la cultura judía (lo he dicho en varias oportunidades) se ha enfrentado con un adversario cultural tan formidable como este insistente y agresivo presente de consumismo e individualismo, en donde el disfrute individual se impone con éxito al disfrute colectivo, generando personas más aisladas y más egoístas. Y en donde, además, todo lo valioso se presenta como mercancía perecedera, como cosa de moda, y donde la discusión sobre temas importantes se hace incómoda.

¡Oh, bien! El día del perdón no se ha hecho precisamente para que nos sintamos bien, sino para que reflexionemos sobre lo que no hemos hecho bien para con nuestros semejantes, nuestro prójimo, y para con nosotros mismos.

En cualquier caso, he aquí la reflexión del día del perdón que comenzará en unas horas, en clave de discusión sobre la memoria y la identidad. ¡Recordemos para seguir siendo!

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Cuentito para Rosh Hashaná (de Ezequiel Fleisch)


No hay olivos en Raisiniai

“El hombre –leía Eliezer a su grupito de estudiantes– es apenas una hoja de olivo que es arrastrada por las olas y las mareas, por todos los océanos del mundo.” El pequeño Penia, que era hijo del carpintero cristiano, fue el único de los niños que se atrevió a preguntar: “Pero, rabino –Penia llamaba rabino a todos los judíos mayores que él, aunque no hubieran cumplido siquiera con su Bar Mitzvá– ¿qué le pasa a la hoja de olivo si el mar la arroja en la arena como hace el Dubysa con las barcas abandonadas?” “Ah, Penia –contestó Eliezer– sabemos que el hombre es la pequeña hoja de olivo, pero todavía no sabemos qué representan los océanos o el mar... ayudemos a Penia, digan los demás qué es el océano” “El océano representa las tribulaciones de los hombres y las injusticias que cometen unos con los otros–dijo uno de los niños mayores, en el que se notaba ya la influencia de socialismo político” “El océano representa la misteriosa voluntad de dios, que se esconde en sus preceptos –dijo Mindel, el hijo del piadoso Ibrunas” “El océano es todo lo desconocido y que nunca conoceremos del todo–dijo Annia Tilit, jugando, como siempre, con su larga y negra trenza” “¿Qué pasaría entonces con la hoja arrojada a la orilla?” “No podría mejorar el mundo y hacerlo más justo” “No podría acercarse nuevamente a la voluntad de dios, pues no podría estudiar la ley” “No podrá ya conocer cosas nuevas, ni aprender nada” Petia intentaba comprender, quería entender con tanta fuerza que gruesas lágrimas asomaron en sus ojitos “¿Y no puede ser –dijo finalmente, sollozando– no puede ser que la hoja esté feliz solamente con viajar, y que salir del agua sea para ella una nueva aventura y también sea feliz?” “Todo puede ser, Penia, un hombre que viaja feliz, aprendiendo cada día nuevas cosas, comprendiendo las razones de dios o del universo y mejorando y haciendo más justa la vida de la gente... todo puede ser...”  Cuando la clase de aquél día terminó, el maestro Eliezer Durinis se quedó fumando una larga pipa, al salir vio que en la orilla había dos pequeñas sombras recortadas en el sol que se apresuraba a ocultarse en esa tarde de otoño, del gélido otoño lituano. Se acercó para ver y reconoció a Penia y a Annia Tilit en cuclillas muy cerca del agua. La niña tomaba cuidadosamente unas hojas secas y las depositaba con delicadeza en el agua de la orilla, de donde la corriente lentamente las despegaba y las arrastraba. Penia, en cambio, parecía buscar algo con algo de desesperada concentración. Eliezer sintió mucha curiosidad por la actitud del chico, pero Annia Tilit, enojada porque su pequeño compañero no parecía ayudarla con su importante tarea, lo sacó de la duda “¡Penia, tonto, aquí en Raisiniai no tenemos olivos!”.

¡El partisano (cultural) les desea a todos un buen año 5772!

martes, 20 de septiembre de 2011

El ciclo ideológico judío y la posibilidad del estado palestino: una balada pesimista para el año que se aproxima


Aunque no tengo, realmente, algo nuevo para decir, hay cosas que, al parecer, deben ser repetidas. No servirán como argumentos, sino como presencias discursivas porque, para los seres humanos y sus derechos, lo que no se dice, simplemente desaparece.
Los judíos lo comprendemos perfectamente cuando nos referimos al genocidio nazi. Nos escuchen otros o no, nos crean o no, nos guste o no, la presencia que le damos a este acontecimiento histórico en nuestras vidas nos define y esta presencia se realiza en modos de recordación que derivan en modos de acción coherentes con las premisas instaladas en el recuerdo. Los siglos pasarán y, si continuamos existiendo, este elemento encontrará su lugar en la memoria mítica o se perderá. No es sensato asegurar nada, por muy fuerte que sea este recuerdo en la actualidad. La mayor parte de los judíos contemporáneos no registran en su memoria ni en su identidad el resultado de las guerras judeo-romanas, por ejemplo.
Actualmente, los modos de acción vinculados al genocidio nazi tienen, mucho más que un carácter de advertencia sobre la situación de debilidad política, un carácter de justificación sobre la acción política del estado de Israel. Ya no odiamos a los alemanes, no les tememos a los alemanes actuales y, sin embargo, el genocidio originado por éstos (aunque no exclusivamente desarrollado por ellos) refuerza la convicción nacional judía de manera genérica, pero también contundente. Al mismo tiempo, olvidamos limpiamente otros pasados, en los cuales las cercanías del judaísmo y el Islam hicieron que la cultura judía tuviera una vastísima influencia en una cuarta parte del mundo que hoy llamamos “de la edad media”.
No es tampoco la primera vez que recordaré que el Islam es una versión particular del judaísmo, y que podría llamarse con tranquilidad judaísmo-coránico (o mahometano), como hay un judaísmo jasídico, un judaísmo talmúdico, un judaísmo cabalista , un judaísmo laico o, incluso, un judaísmo indefinible (en mi caso sin utilizar groserías) que explora el matrimonio entre la religión y el utilitarismo más extremo. No hay muchas razones culturales totalmente convincentes para excluir a más de un billón de personas del judaísmo, aunque si hay fuertes razones políticas y materiales para hacerlo.
En el pasado casi mítico del fin del reino davídico unificado, Las tierras de Judea y Samaria se dividieron en dos reinos rivales y hermanos, cuya rivalidad perduró hasta la destrucción del segundo. El reino del norte, destruido primero, albergaba, según el mito, a diez tribus de Israel. Hoy nadie intenta identificar a un nativo de Manasés o de Sebulón y separarlo de un nativo de Judá o Benjamín, no reconocemos a nuestros ancestros moabitas, a nuestros hermanastros calebitas, a los nabateos,  hermanastros adoptivos aparecidos en el seno del judaísmo luego de las campañas de los reyes asmoneos. Historia perdida, ejemplos para mi tesis: lo que no está en la memoria, se extingue, y se extingue porque ninguna consecuencia práctica puede desprenderse de esos vacíos y que sea registrada por el futuro inmediato.
Sí es memoria, en cambio, el viaje mítico de Abraham y de las huestes de Moisés a Canaán, acontecidos (en la memoria mítica, insisto) siglos antes de la división de los reinos, de la reconstrucción persa, de las guerras con Roma del triunviro Pompeyo al emperador Adriano. En consecuencia, igual que acontece con la memoria personal, la memoria cultural desoye el orden cronológico y se adapta a los intereses del momento, sean estos políticos, diplomáticos, culturales o de otro tipo.
Hoy el gobierno del estado de Israel olvida la dureza de su propia fundación y desarrollo, casi increíblemente, porque esa etapa heroica y pionera es su prédica principal para la fundación del “nuevo judaísmo” nacionalista que pretende encarnar. Está atrapado, claro, entre la imposibilidad de aceptar a los palestinos en iguales condiciones nacionales, aceptando las fronteras de 1967 y la imposibilidad de declarar la anexión de los territorios. Por eso intenta bloquear al mismo tiempo el diálogo con los palestinos con nuevos asentamientos y el pedido de los palestinos ante la ONU, defendiendo las negociaciones directas. Ya lo he dicho. En mi opinión, sólo una derrota diplomática puede salvar a Israel de sí mismo.  
Está claro que, sin otra cosa que la sanción de la ONU del estado palestino (sin contar los previsibles “vetos” en el consejo de seguridad), Israel no cederá Jerusalén oriental, no expulsará a sus propios ciudadanos de los asentamientos de Judea y Samaria (las actuales, las que ocupan los palestinos pauperizados por décadas de conflicto) ni, mucho menos, aceptará dentro de sus fronteras a los varios millones de refugiados palestinos. También lo he dicho: los estados se crean a partir del poder, no de los derechos.
Sin embargo, aquí está el mundo cambiando inevitablemente, con las potencias emergentes ajenas a los problemas de oriente medio (de la parte en la que no hay petróleo ni mercados para ellos, claro está) y las viejas potencias centrales boqueando en sus peceras pobres en oxígeno (que es la ganancia capitalista). Aquí está esta extraña y desconcertante “primavera árabe”, aquí está el nuevo rol de Turquía como potencia regional, aquí están los EUA retirando sus fondos de Afganistán y de Irak para reducir su déficit y dejando atrás a la presa perdida y tonificada: Irán. Egipto oscila todavía en convulsiones violentas de la caída (y aliada) dictadura de Mubarak, el hijo del viejo enemigo sirio no consigue tranquilizar su país y la guerra civil engulle Libia (donde sí está la OTAN, barruntando intereses petroleros).
Ante este caos, la memoria debe reinventarse y, nunca más que en estas situaciones, se presentan a la vista sus flagrantes contradicciones con la historia efectiva. Ahora Israel deplora la “unilateralidad” nacionalista palestina, como si su propia etapa pionera no hubiera estado marcada por la unilateralidad del imperialismo inglés y de los padres fundadores del estado y del movimiento sionista. No obstante, el problema se instala en que las maniobras con la recreación de la memoria son limitadas, a tal punto que la verdad histórica conocida debe verse truncada rápidamente en función del interés político inmediato.
Por supuesto que las decisiones de la autoridad palestina son arbitrarias pero, al margen de las posibles sensaciones personales que puedan tener las autoridades palestinas, aun suponiendo que nada se hiciera las cosas terminarán por cambiar. Imaginando que los palestinos “entran en razón” y abandonan sus pretensiones ante la ONU, imaginando que aceptan definitivamente la existencia del estado de Israel y su derecho a existir dentro de las fronteras actuales, retirándose a Gaza en masa, imaginando que renuncian a toda pretensión sobre Jerusalén, destruyen todas sus armas y planes terroristas, imaginando todo eso, ¿qué haría, entonces, Israel?
Todos los generales del mundo antiguo sabían perfectamente lo que debían hacer cuando perdían una guerra, pero muy pocos sabían hacer qué hacer cuando la ganaban, razón por la cual los generales victoriosos se convertía frecuentemente en los nuevos enemigos a vencer. A Israel le pasó lo mismo: ha ganado la guerra en 1967, pero no supo administrar la paz (la paz armada en la que era el amo) y ha dejado el tiempo correr en esta situación indefinida de ausencia de guerra y ausencia de paz con el pueblo palestino, la gente de afuera de Israel que no es de otro país. Probablemente sin proponérselo, se ha convertido en una potencia opresora y en un estratega enamorado de su propia leyenda bélica, que ya no reconoce otra dinámica guerrera más que el coraje y la embestida, mientras teje su propio laberinto.
En estas circunstancias, no quedan muchos expedientes para abrir, ni rutas para la paz que no impliquen considerables renuncias. Sólo que las renuncias son de dos tipos: se puede renunciar al territorio y al dinero, al orgullo y a los frutos de la victoria... o se puede renunciar a la consideración por derechos de los seres humanos y las necesidades e intereses de los pueblos... no solo de los otros, sino también de los propios. Dicho en forma plana y brutal, para muchos resulta mucho más fácil renunciar a sus valores que a los frutos de la victoria.
No tengo otra respuesta que presentar una posición moralmente maximalista: no importa que el reclamo palestino sea improcedente en términos de derecho internacional, no importa que el relato histórico israelí sea más exacto que el palestino, no importa lo malos que hayan sido en intenciones o en acto con los judíos (a fin de cuentas, perdonamos a los alemanes, a los polacos, a los cosacos, a los franceses, a los españoles, a los ingleses), sólo importa que tan buenos pueden ser los israelíes con los palestinos. No se trata de rendirse, pues la guerra se ha ganado ampliamente, se trata de aceptar los humanos derechos de nuestros ancestrales hermanos y sus pretensiones de auto-determinación.
El gobierno israelí, probablemente la ideología predominante en Israel y en la judería mundial, no pueden aceptar semejante ñoñez política, porque el pragmatismo más básico indica que, lamentablemente, a veces hay que dejar que el otro muera para que uno viva. ¡Somos nosotros o ellos! Es su muerte o la nuestra, su pobreza o la nuestra, nuestra dominación o la suya. Muchos creen que, en realidad, no hay más opción que ser crueles con los palestinos y, evidentemente, esa es la tónica del actual gobierno en Israel.
Por esta razón considero que la ONU debe considerar seriamente intervenir en la situación, apoyando la aceptación del estado palestino (que ya tiene una consistencia semejante a la que tenía el estado de Israel a partir de los primeros años de la década de 1940, es decir, antes de su “aparición” como estado soberano ante la ONU). Las fronteras cambian, ese es el menor de los problemas aquí. La demografía cambia. Ese es un problema para Israel, pero no hay respuestas para ello dentro de los márgenes jurídicos del estado-nación, algo que los fundadores del movimiento sionista (y la gran mayoría de los actuales sionistas) fueron incapaces de apreciar.
Y, entretanto, dentro y fuera de las fronteras israelíes (las actuales, las de 1967, las de 1948, no importa cuáles) el judaísmo languidece, su cultura se muere lentamente, asfixiada por el mercantilismo, el clasismo, el elitismo y el consumismo que desgarran las culturas contemporáneas en cómodas tiras de transacciones. Como Israel, las potencias capitalistas no supieron administrar su triunfo sobre el socialismo de estado (hoy, si Barack Obama quiere subir las tasas impositivas a las grandes riquezas, es acusado de socialista), pero ya antes habían comenzado a perder la guerra secreta, la guerra que libran las culturas contra la extinción de los valores que hacen a la vida humana digna de ser vivida y humana en un sentido que no sea biológico ni peyorativo, sino positivo y moral.
Si no ocurre algo inesperado (tal vez con este año judío que se inicia pronto) la tendencia general no permite tener grandes esperanzas. Como judío y como humano, lo siento por todos nosotros.  
El Brindis por Rosh Hashaná del año 2009 me quedó más optimista, creo yo:
De todas formas, sí no nos hablamos: les deseo que tengan un año nuevo bueno y dulce.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El león y su presa: reseña de un libro de Abraham León sobre la historia judía


He comprado hace un par de meses, por menos de lo que cuesta un alfajor (de los buenos), un libro que me ha causado una profunda impresión intelectual. Se trata de Concepción materialista de la cuestión judía, escrito por Abraham León hacia el año 1942. El original en francés, divulgado por Pionniers en París (1946), es editado en castellano por la editorial Indo-América en Buenos Aires en abril de 1953, con traducción y prólogo (emotivo, preciso e inteligente) de Carlos Ekin. Internet me anoticia de dos ediciones en castellano posteriores: una es de 1975 (Ed. El yunque, Bs. As.) y una segunda muy reciente de 2010 (ed. Canaan, con prólogo de Maxime Robinson y epílogo de León Pomer). Todas estas ediciones (no sé si el autor consiguió una publicación previa) son póstumas. Militante socialista nacido en Varsovia en 1920 y emigrado a Bruselas, escribe este trabajo con apenas veinte años de edad, quizá veintidós. No obstante, es un producto de una notable madurez intelectual, y así lo demuestran las reediciones y, sobre todo, el manejo sistemático del contenido teórico, histórico y estadístico que utiliza.
Causa algo de sorpresa conversar con este joven muerto en Auschwitz hace setenta años. Su formación marxista es impecable (tanto que rápidamente se distancia de la maquinaria de partido que dará a luz al estalinismo en Rusia y a la ortodoxia comunista en Europa occidental), su formación histórica, sumamente sólida; demuestra una considerable (aunque insuficiente) capacidad crítica y no deja demasiados cabos sueltos en un volumen cuyo complicado tema resuelve con una estructura interna de escalas históricas empotradas y sucesivas de manera notablemente efectiva. El resultado es un libro interpretativo de la historia judía, que parte de la antigüedad (el período que menos le interesa y en donde existía a mano menos material para trabajar), se centra en la evolución del judaísmo europeo medieval para trazar numerosas líneas explicativas en la vinculación entre la disolución del sistema feudal y la transición al capitalismo y el estado de las comunidades judías. En una edición de bolsillo ajustada pero generosa, consigue su objetivo en apenas ciento cincuenta páginas.
No es un libro perfecto, ni mucho menos. Debe ser leído y criticado con atención. Algunas transiciones entre la situación de los sectores judíos privilegiados y las masas judías son muy débiles, forzadas por el esquematismo marxista característico, y establecen identificaciones claramente inválidas (en mi opinión) así como omisiones de estado y de sentido tan características de esa etapa de la teoría crítica de la sociedad. He dicho que su formación teórica es impecable, pero debe anotarse que perdimos a este intelecto antes de las agudas reflexiones críticas de la segunda posguerra, que recondujeron el pensamiento crítico marxista por nuevas derivas intelectuales que hoy son útiles para interpretar la cuestión judía. O lo serían, si existiera una voluntad colectiva de “pensar el ser” judío para evitar la extinción cultural que parece cada día más próxima.
Sorprende encontrar numerosos elementos que otros pensadores tardaron varias décadas en registrar y desarrollar (véase, por ejemplo, el libro Pensar lo judío en la Argentina del siglo XXI,  colección de artículos de autores varios –Capital Intelectual, Buenos Aires, 2011– y mi trabajo El polvo del santuario: un ensayo sobre la experiencia sionista y su influencia en el judaísmo, Entalpía, Buenos Aires, 2010). Para León, convencido de sus tesis materialistas-históricas, hay pocos secretos en el camino de la asimilación cultural y del surgimiento del nacionalismo judío.
Sus hipótesis pueden (y deben) ser desafiadas. Sin embargo, son tremendamente útiles para el momento presente por su claridad en el planteamiento y su casi arrogante desprecio por las ilusiones idealistas que con tanta facilidad pretenden colocar lo judío en un campo etéreo y ajeno a la historia, donde de manera inefable ve pasar a adversarios y enemigos con la tranquila dignidad de los inmortales. Nada de eso. León nos sumerge con implacable tensión en nuestra naturaleza histórica y compara el pensamiento de amigos y enemigos por igual, siempre que los discursos le resulten útiles para comprender. Sí alguien esperaba ver una especie de reedición de Sobre la cuestión judía, de Marx (libro de 1843 con el que comparte algunos errores de apreciación sobre la composición social de varios colectivos judíos) se sorprenderá, tal vez como yo, agradablemente: el trabajo de León es históricamente más extenso, más comprensivo, es más particular y está más atento a la singularidad, aunque la explique según el mismo patrón teórico. En comparación con otras fuentes de la historia judía que circulan por ahí, me resuena en los oídos casi como un libro imprescindible.
Debe entenderse esta última declaración en el siguiente sentido: en general, los judíos ya no nos preocupamos por la historia judía. La formación histórica de los jóvenes judíos es inocultablemente patética. No sólo se desconocen ampliamente las vicisitudes milenarias de las comunidades dispersas por Europa, Asia y África, o las influencias culturales del primer milenio antes de la era común, sino que la propia historia real y mítica que se entremezcla y disputa las páginas de los textos canónicos, seudo-epigráficos, hermenéuticos y normativos, está virtualmente ausente de las reflexiones y los discursos. Hoy no se espera de un joven judío sin formación religiosa (ni de muchos adultos) que comprenda una referencia bíblica relativamente directa, mucho menos que pueda incorporarla a un panorama histórico general. Por su parte, en el campo religioso la historia no existe como tal, pues no es considerada en términos dialécticos o evolutivos, sino como referencia teológica o normativa directa. Esta no es, sin embargo, una crítica moral, sino una constatación del estado de la cuestión. Antes que amonestar, debemos comprender las razones de este hecho.
Una observación elemental revela que la historia judía reescrita en el siglo XX es la historia del estado de Israel, que lentamente hace de sí mismo el resultado (ideológico) de la historia judía. El resultado de esta hegemonía nacionalista es que el judaísmo contemporáneo parece haber nacido en Auschwitz y haberse criado en el conflicto árabe-palestino-israelí. No carecemos de otras fuentes académicas (incluso israelíes, que suelen ser muy buenas) para leer la historia judía, sólo que como comunidad parecemos haber decidido olvidar todo pasado que no se vincule con Israel como estado-nación.

Abraham León, que es un intérprete de la historia que relata desde otro lugar, nos saca de ese sopor y de esa comodidad, nos cuestiona las bases sociales y económicas de la condición judía a través de los siglos, y lo hace con aguda y humanista indignación, en un resumen apretado y feroz, explicativo de su presente y, sorprendentemente, cuestionador del nuestro. En sus páginas se encuentran datos de los que disponían las agencias judías de la época (pues cita a referentes importantes del sionismo realizador), pero su interpretación, al no querer justificar la solución nacional, es diferente, casi diría refrescante dentro de su densa terminología marxista (un obstáculo que comprendo que a muchos les costará superar). La aculturación como asimilación cultural, el auge del auto-desprecio judío del siglo XIX y principios del XX (que Scholem Asch retratara tan cabalmente en Junto al abismo –ed. Futuro, Bs. As., 1945–), la situación demográfica de las familias judías y mixtas, el impacto tardío de las doctrinas nacionalistas enraizadas en el sionismo, las causas y consecuencias de la estructura económica de las sucesivas poblaciones judías desde el Medioevo hasta el auge del capitalismo imperialista, el desarrollo de la lengua idisch, su decadencia y reemplazo por el hebreo, todos estos son temas sobre los que León descarga sus agudas dentelladas críticas, algunas de las cuales son atractivas incluso como hipótesis de sucesos contemporáneos que nunca pudo ver ni prever.

Para la nostalgia socialista queda su confianza en la decadencia del capitalismo monopolista que era para él (siguiendo a Lenin) la última etapa posible de desarrollo de este sistema antes de su colapso y el advenimiento liberador del comunismo. Pero incluso a aquellos que este lenguaje les cause incomodidad o aversión, el libro tiene mucho que enseñar. Para el aprecio y la crítica, entonces, dejo esta recomendación de lectura que se despide con un párrafo significativo de su prosa y sus derroteros intelectuales: “Es mucho más fácil decir qué fue el judaísmo que precisar qué es (...) el desarrollo capitalista impulsó la evolución de la cuestión judía por vías diametralmente opuestas. Por una parte, favoreció la asimilación económica, y por tanto, la cultural. Por otra, al desarrollar a las masas judías, al concentrarlas en las ciudades, al provocar el recrudecimiento del antisemitismo, fomenta el nacionalismo judío. El “renacimiento de la nación judía”, la formación de la moderna cultura judía, la elaboración del idioma idisch, el sionismo, acompañan los procesos de emigración y de concentración de las masas judías en las ciudades y corren paralelamente con el desarrollo del moderno antisemitismo. En todos los lugares del mundo, en todos los caminos del exilio, las masas judías, al concentrarse en barrios determinados, creaban sus propios centros especiales de cultura, sus periódicos, sus escuelas idisch. Naturalmente, en los países de mayor concentración judía –Rusia, Polonia, Estados Unidos–, es donde el movimiento nacional ha tomado más amplitud. Pero el desarrollo de la historia es dialéctico. Al mismo tiempo que se elaboraban las bases de una nueva nacionalidad judía, se creaban también todas las condiciones de su desaparición. Mientras las primeras generaciones de judíos en los países de inmigración siguen firmemente adheridas al judaísmo, las nuevas generaciones pierden muy rápidamente sus costumbres y lengua particulares.”

Para los interesados que no puedan conseguir el libro, supongo que algo podremos hacer si se comunican conmigo al respecto.

Alejandro Soltonovich

viernes, 19 de agosto de 2011

¡El partisano (Cultural) evoluciona!

Mi querido blog de asuntos judaicos ya tiene web site: visítelo, suscríbase (no se cómo se hace) haga sugerencias, descargue y comparta los materiales. es más accesible para la lectura (cuando escribo más de la cuenta) y supongo que los archivos en PDF serán más fáciles de imprimir.
La dirección es: https://sites.google.com/site/elpartisanocultural/home
¡Gracias!

miércoles, 17 de agosto de 2011

La identidad y la autenticidad: ¿necesitamos la religión?


Hace unos meses fui partícipe de una charla en la que se debatió la relación entre una familia judía/multicultural (según se mire) y las instituciones religiosas judeo-argentinas. La familia en cuestión muestra unas características particulares para este tipo de casos. Ambos padres tuvieron cierta educación judía y participaron en su juventud en instituciones judías reconocidas. Una vez casados, tuvieron dos hijos. La cuestión es que, cuando quisieron contraer matrimonio religioso, les fue difícil encontrar un rabino que oficiara la ceremonia, porque la mujer (que hasta ese momento había vivido como cualquier joven judía de clase media-alta) era hija de padre judío y de madre no-judía. En consecuencia, se le exigía a la mujer la “conversión” al judaísmo para que el enlace pudiera realizarse según la norma religiosa. El caso es particular, porque la mujer no sólo nunca se había identificado a sí misma como no-judía, y sin duda era la más interesada de la pareja en la cuestión, porque su marido no expresaba vocaciones religiosas muy marcadas.
Pasado el tiempo, este caso se suma a la pléyade de ejemplos que marcan la tensión entre el judaísmo cultural argentino (aquel que no se vincula permanentemente a contenidos religiosos) y el judaísmo conservador-ortodoxo, que ha mostrado una creciente tendencia al fundamentalismo, al mismo tiempo que ha conseguido cierta hegemonía en muchas instituciones judeo-argentinas, más que por virtudes propias, por la notabilísima debilidad del resto de las organizaciones judías.
Por mucho que se defienda el multiculturalismo, es necesario aceptar que el conservadurismo religioso expresa mucho mejor la “imagen” de la identidad judía y, de alguna manera, existe en este sector una referencia para los judíos más laicos. Es una relación de afecto y rechazo que se canaliza en cierta sumisión y cierta dependencia. La debilidad del judaísmo laico conlleva una subordinación auto-infligida hacia el judaísmo religioso, una tensión entre el “deber ser” y el “querer ser”.
Con mucha frecuencia he criticado esa actitud conservadora que hace al judaísmo religioso contemporáneo tan reactivo, pero ahora me gustaría señalar la otra parte de la historia, contenida en la pregunta ¿por qué los judíos laicos necesitamos de la ortodoxia para validar nuestra condición judía? O ¿por qué necesitamos de su aprobación para sentirnos auténticos?
Creo que el verdadero problema radica en la debilidad cultural de los judíos laicos o reformados, sean creyentes o no. A fin de cuentas, el rabino y sus adeptos no son sacerdotes, sino funcionarios civiles: no tienen una relación con dios más cercana que otro judío cualquiera y, si conocen más las tradiciones y costumbres, las normas y los reglamentos judíos, es simplemente porque las han estudiado más, y no porque recaiga en ellos una elección divina inherente. El rabino no nace ni se hace: se prepara para ser rabino y aplica la legislación escrita y la consuetudinaria de acuerdo a determinadas interpretaciones.
En este sentido, no parece que su manera de entender el judaísmo sea superior a la de otro judío cualquiera. Sólo que esos contenidos judíos son una parte más importante en su existencia en términos relativos: involucra más restricciones y más obligaciones pero, curiosamente, no otorga de por sí ningún derecho de decidir sobre judaísmo de otro... a menos que ese otro deposite en él ese poder. La tradición judía es tan antigua y ha atravesado tantas vicisitudes y condiciones históricas y sociales a lo largo de los siglos, que nadie puede, en buena y honesta ley, decidir las características que debe tener el “auténtico” judaísmo.  
Que un matrimonio que en su vida cotidiana vive un judaísmo completamente modernizado necesite una rúbrica tradicional para su enlace expresa una tensión que se explica culturalmente en el ocaso de las culturas tradicionales que es tan propio del capitalismo, un sistema que todo lo convierte en mercancía, lo abarata, lo facilita y lo descarta por otros consumos. En este sentido, aunque la ortodoxia es más resistente que el laicismo, no es en lo absoluto inmune a los cambios, de tal manera que la decisión de la identidad judía, el adentro y el afuera es, en última instancia y también en primera instancia, una cuestión política e ideológica, una relación de poder.
En la conversación a la que hice referencia mal comienzo de estas líneas se planteó precisamente esta respuesta: sí se quiere un matrimonio convalidado por un rabino conservador u ortodoxo, deben aceptarse las reglas impuestas por éstos, sin que nada pueda imputárseles... excepto una pobreza de visión hacia lo judío. En mi opinión, si un rabino no es capaz de encontrar los aspectos que permitan a las familias permanecer en el judaísmo... lo que ocurre es que es un rabino pobre de espíritu judío, lo cual es quizá una pena, pero no un delito. La ley judía ha tenido tantas interpretaciones a lo largo de su historia, que nada hay más fácil que buscar una respuesta dinámica a un problema, de tal manera que no sea necesaria la impiedad de exiliar a niños de familias judías o medio-judías de una comunidad basándose en una reglamentación tan escasa de fundamento como es la consanguineidad (siempre mezclada con supuestos más o menos religiosos, pero escasamente racionales).
YO, que no creo en el dios de Moisés ni en ningún otro, que me negué a realizar mi ceremonia de Bar Mitvá por motivos ideológicos, que no me casé con un rabino adelante y no me importó, que no cumplo conscientemente ninguno de los seiscientas trece preceptos  y que como cerdo y ternera con leche y nunca asisto a la sinagoga si no es por otras personas YO, soy considerado judío por un accidente biológico. No importan mis estudios judaicos, mi militancia pasada en organizaciones judías, mi interés por conservar la vida judía en lo que se pueda, sólo importa ese accidente.
OTRO, que cree en las palabras del dios del Pentateuco, que quiere que sus hijos celebren su Bar Mitvá, que hizo un enorme esfuerzo para casarse bajo la Jupá y que intenta comprender y celebrar lo judío en muchas otras formas y querría pertenecer a la comunidad que lo/la rechaza (y lo mismo hacen con sus hijos). Esa persona que judaiza su vida no es considerada judía por un accidente biológico equivalente. Nada más importa, de la misma manera que una serie de rituales sencillos de conversión garantizan un ingreso a la comunidad que nada dice las auténticas condiciones judaicas de la persona. La identidad es, como siempre, una cuestión de crisis y en crisis.   
Sin embargo, creo que la responsabilidad principal no recae en la fuerza o la tozudez de la ortodoxia, sino en  la patente debilidad de las formas judías más moderadas para comprender y desarrollar sus propios principios de vida comunitaria. Hace treinta años, en Buenos Aires, el comunitarismo laico y el sionismo eran formas extendidas (creo que hasta mayoritarias) de identidad judaica. Hoy, por el contrario, se encuentran como peces sobre las rocas, saltando desesperados para conseguir algo de oxígeno y de humedad. Su crimen no será, tal vez, el fundamentalismo, sino más bien el conformismo de dejar que otros definan la identidad y los contenidos del judaísmo y, sobre todo, un elitismo clasista que ha ido mermando la solidaridad y la participación.
Poseo desde hace poco tiempo una pequeña joya en mi colección bibliográfica: con arcaica y emotiva terminología marxista, desde sus páginas el extinto Abraham León desarrolla una “Concepción materialista de la cuestión judía” que me arranca una doble lágrima: de pena y de nostalgia. Su libro merece un comentario particular, que realizaré cuando tenga ocasión. Pero una parte de mi consciencia, en este caso sociológica y judeológica a la vez, me advierte que a la nostalgia y la pena puede superponérseles el miedo: sí la tesis de León es cierta, poco podemos hacer. Espero que se equivoque, espero equivocarme también yo.