martes, 5 de agosto de 2014

Yo, el Gersoniano

Yo, el Gersoniano: la invención de la herejía


Introducción


Últimamente tuve algunos problemas para entender qué clase de judío soy. Es algo que ocurre con frecuencia en la condición judía, que es histórica y dinámica por su carácter cultural y se encuentra afectada a este momento histórico particular, en el que la velocidad de los cambios ideológicos genera problemas, pues hay parámetros que cambian en pocos años, y hay que enfrentar esta cuestión, esta nueva configuración acelerada de la identidad, con imaginación y destreza... de las cuales carezco. No hay recetas para esto, porque en las teorías tradicionales la ideología era un conjunto de hechos sociales (formas de actuar, de sentir, de pensar) que intentaban instalarse de por vida en los sujetos, mientras que ahora se exige de esos mismos sujetos una mayor versatilidad ideológica. Al menos esta situación nos permite renunciar  a la persecución de una verdad trascendental (por imposible, pero también por indeseable). Los interesantes problemas sociológicos derivados los dejo para otro lugar, porque ahora me preocupa la incardinación de mi biografía judía en este complicado y cambiante mundo humano del capitalismo tardío y la globalización.
Entre las alegrías que habitualmente da el judaísmo se encuentra su capacidad periódica de ser reinterpretado, de reinterpretarse a sí mismo para evolucionar. Al mismo tiempo, su gracia consiste en mantener cierto núcleo de relatos míticos (es decir, relatos significativos con total indiferencia de su verdad o falsedad) para empezar a repensar y evolucionar, relatos que se acompañan de un cierto número de creencias, rituales y (lo que es muy importante en el caso judío) ciertos elementos ético-morales referidos a las conductas interpersonales que expresan la deontología particular judía.
Lógicamente en cada comunidad, tendencia y persona estos elementos pueden variar y varían en sus jerarquías internas: por ejemplo, y considerando que las variaciones posibles son indefinidas, hay judíos que basan su identidad en su relación con el dios trascendental de Israel, mientras que otros prescinden de la existencia de este dios; hay otros judíos que prefieren hacer sus propias interpretaciones de los relatos míticos mientras que a otros les gusta depender de las interpretaciones de terceros y ni siquiera eligen leer por sí mismos los textos básicos del judaísmo (aunque en la tradición judía ésta es una costumbre importante); hay judíos que prefieren jerarquizar determinados elementos (las prácticas rituales religiosas, el saber escolástico) frente a otros que prefieren jerarquizar las prácticas familiares y el conocimiento más vinculado a otros conocimientos que circulan por el mundo; hay judíos que entienden la reunión de los judíos según parámetros rituales religiosos (en las sinagogas o escuelas talmúdicas, por ejemplo), mientras que otros se ciñen a los modernos principios del estado nacional y abrazan de muy diversos modos la causa sionista (a la que nunca he tratado con desprecio, aunque no la comparta, como ocurre con los judíos que creen en la existencia de dios en diversos grados y formas). En definitiva, creo que el judaísmo histórico es, inevitablemente, un ser plural. Esa pluralidad, aunque es tremendamente problemática, me gusta, y uno de los principios que sostendré aquí es la posibilidad permanente de mantener el diálogo y aprender de otras corrientes de pensamiento dentro y fuera de este ámbito, que he definido como “judeidad” o, más general, como cultura judía en un sentido amplio.
Pero es posible que periódicamente sea necesario reflexionar y tomar posición para facilitar el auto-reconocimiento, especialmente en circunstancias tan extrañas y difíciles como es nuestro contexto cultural amplio. No se trata de intentar detener la inevitable evolución cultural, sino de comprenderla en un momento para tomar referencias respecto de nuestra comunidad y su situación en el universo judío y respecto del resto de las culturas que nos rodean y, en buena medida, también nos constituyen.
De modo que heme aquí para proponer la herejía judía Gersoniana (y entiendo la herejía no como una desviación perversa de una verdad central, sino de una rama que se desprende un tronco común, aumentando la belleza del árbol de la vida), que no es una religión sino en un sentido muy difuso (aunque defiende determinados valores y eso, antes que otra cosa, define la existencia de un campo que sociológicamente puede considerarse religioso), pero que me permite resolver algunos problemas éticos vinculados a mi tradición judía.
Como soy un sociólogo judío rioplatense ateo no sionista con vocación igualitarista comunista ecologista y algo anarquista es inevitable que la herejía Gersoniana se encuentre empapada de algunos de estos aspectos, pero no hay nada que hacer: no creo en el individualismo ético, así que no estoy atado a él si no es a niveles inconscientes que no controlo y negar mis preferencias éticas sería contradictorio con lo que pretendo crear.  
Hace poco escuché de un inteligente rabino laico argentino que vive en Israel (y que también es sociólogo), Andrés Faur, que actualmente hay un retroceso del teísmo (la fe en dios institucionalizada) pero no necesariamente ocurre lo mismo con el deísmo (la búsqueda de una relación más cercana, personal e inmediata con la divinidad). Me gusta el concepto, la idea, tengámosla presente. Sin embargo, no estoy realizando una propuesta deísta individual, sino una propuesta de diálogo (de cuyo desarrollo futuro nada puedo decir).
En lo que hace al judaísmo, desde hace mucho tiempo descreo de la uniformidad de lo judío: no creo que el judaísmo sea fundamentalmente religioso, ni fundamentalmente nacionalista, ni fundamentalmente ético, ni fundamentalmente... nada. Mucho menos creo que el judaísmo sea en esencia alguna de las variantes con que hoy se presenta sobre la faz de la tierra. Pero lo cierto es que, hasta el día de hoy, mi propia condición judía no tenía nombre propio y, a riesgo de intentar encasillar algo demasiado fluido, creo que ha llegado la hora de sentar posición, al menos para distinguirme de otras corrientes legítimas del judaísmo contemporáneo. Para algunos judíos esta postura podrá significar que no soy judío o que rechazo el judaísmo. Ese será su problema, no el mío.

Reflexiones muy Gersonianas


Después de intentar reflexionar sobre la cuestión, resulta que soy un judío Gersoniano.
Pero lo busqué en Internet y no está. No tengo tiempo de rastrear en toda la historia y la bibliografía universal, me conformó con Internet (ah, algo tan típico de los Gersonianos).
Reflexionemos primero, sesgadamente ya, sobre el héroe epónimo: Gerson o Guershom, el hijo de Moisés y Sepora (¿Tzipora, quizá?).  Si algo lo distingue de otros hijos de grandes de Israel es su irrelevancia en la historia posterior del pueblo judío: a diferencia de su tío Aarón no fundó una casta sacerdotal y, a diferencia de casi todos los demás judíos... no era hijo de una mujer de sangre judía. Sus descendientes, que yo sepa, no lucharon por el trono de Jerusalén y, al menos por parte de madre, no le fue prometida ninguna tierra en particular. Ni siquiera está claro que haya sido circuncidado. Sin embargo, no se dice que Moisés lo despreciara. Es posible pensar (en ese hueco de los antiguos relatos que permite siempre la reinterpretación, el Midrash) que nuestro mayor referente profético lo amó, y nunca se dice que no le guardó respeto a su madre y a su abuelo (el venerable patriarca madianita Yitro u Hobeb, quien protegió a Moisés en su exilio personal tras el asesinato del capataz egipcio en  Kush y lo acogió como uno de los suyos). Yitró es el más importante consejero de Moisés y es el abuelo de Gerson. Gerson no se inclina ante el Becerro de Oro. Lo sabemos porque no cae bajo la pesada lanza de Yoshúa, hijo de Nun, el levita, lugarteniente de Moisés y su heredero político. No es admitido en el núcleo del poder, pero tampoco es rechazado del pueblo de Moisés.
¿Qué nos dice esto de los judíos Gersonianos como yo?
Para empezar, que valoramos los antiguos relatos como fuente para la reflexión de nuestra condición judía, que reiteramos esos textos para no perder toda referencia a nuestro judaísmo, aunque no se rechaza en principio ningún texto producido después en el rico devenir del judaísmo histórico. Que no gozamos de un favor especial de la divinidad (de hecho, podemos no creer en su existencia); que no tenemos necesariamente sangre materna judía; que no rechazamos nuestra tradición cultural ni la aceptamos sin crítica y reflexión; que no aspiramos a representar el único o verdadero judaísmo; que no estamos ligados a un territorio en particular; que no nos representa ningún sacerdocio o estado ni aceptamos su centralidad o guía sin crítica o reflexión. Eso por el lado de las determinaciones negativas. Por otro lado: que nos identificamos con la tradición histórica y mítica del pueblo judío, con su estética y formas particulares de sus modos y costumbres, con sus aprendizajes históricos y, de manera crítica y evolutiva, con parte de su tradición normativa, con su particular modo colectivo de aprendizaje (por ejemplo, el Pilpul) y hermenéutica (por ejemplo, el Midrash).
Andando el tiempo, algunos Gersonianos (esos judíos Gersonianos que lo fueron sin saberlo a través de los tiempos y las geografías) resultaron seducidos por las más disímiles variaciones del judaísmo y de otras influencias. El Gersoniano es, como judío (y como cualquier otro judío y como cualquier otra persona), un ser humano situado en procesos sociales complejos: es un mosaico de herencias en evolución antes que la cristalización de una de ellas. De modo que hoy toca recomponer su imagen mítica, porque es relevante y porque jamás existió.
¿Es posible “construir” un judaísmo como éste? A nivel individual, es solo un juego; a nivel comunitario, puede ser una alternativa. Cada vez que se hace algo nuevo en el contexto de una comunidad cualquiera, la tradición cultural se reinventa, y con ella cambian las opciones políticas y sociales, y tal vez no sea tan malo recurrir a la reinvención metódica, como hace el grupo de rabinos laicos de Israel del que el citado Andrés Faur es parte.
He aquí la alternativa Gersoniana para el judaísmo contemporáneo, conocida como el Testamento de Gerson (también como “Los 17 versículos perdidos de la herejía de Gerson”), que es apócrifo y fraudulento, como quizá lo fueron alguna vez todos los textos que hoy se consideran canónicos en las tradiciones humanas.

Fragmento del Testamento de Gerson, hijo de Sefora y Moisés.



1.        Yo, Gerson, hijo de Sefora y de Moisés, en la hora que precede a mi muerte dejo a mi descendencia estas palabras, que constituyen todo lo que fui, soy o seré, como herencia para el porvenir, para que aprovechen su sabiduría y corrijan sus errores, como he debido hacer con las palabras de mis mayores y de mis hermanos y hermanas.
2.        En los días de mi vida la divinidad no me ha hablado jamás, ni soy testigo de sus portentos: sean mis hijas y mis hijos libres de intentar comunicarse o no con ella, tal como yo no lo he hecho por preferir el quehacer de las gentes y el uso de la razón a la acción de una deidad invisible y a la ciega fe en ella.
3.        En consecuencia, ninguna misión me ha sido encomendada, no he sido elegido ni separado de los pueblos de la tierra si no es por mi experiencia y la experiencia de mis padres y de los padres de mis padres. No tengo señorío alguno sobre gentes, bestias, plantas, tierras, mares, ríos o montañas, a todos considero como hermanos y hermanas, y a ninguno acepto como amo o señor.
4.        Ninguna tierra me ha sido prometida en heredad: sea mi hogar en este mundo el que mi trabajo edifique y el que pueda construir en solidaridad con mis hermanos y hermanas en paz, en igualdad, en justicia.
5.        Y si ninguna misión tengo más de la que yo mismo pueda darme, elijo entonces la que aprendí de mis mayores, guiados por las frágiles ideas (¡Ay del difícil devenir humano!) de solidaridad, igualdad, paz y justicia. Existo para proteger al que es más débil, para cuidar lo que es frágil, para resguardar al inocente de todo daño y mal. Porque así protegió mi padre a mi madre cuando fue atacada por hombres inicuos y así cuidó mi abuelo a mi padre en su exilio y lo perdonó por la sangre derramada, y juntos guiaron a los esclavos hacia la libertad.
6.        Y como nada es más fuerte que el tiempo, y nada dura menos que la vida, y siendo la vida un hecho maravilloso, la vida habrá de cuidarse cuando se ande por mi senda. No matarás se ha escrito dos veces en la piedra y una en el firmamento. No matarás, no dejarás matar, no dejarás morir.
7.        Es la capacidad de hombres y mujeres la de reconocerse como seres vivientes, y están atados a la desdicha de conocer su final. Nada será más valioso que este conocimiento y les digo: no han de matar, porque quien mata a un hermano o a una hermana destruye el mundo, y quien cuida una vida lo protege. Porque la dicha y la desdicha no está atada solo a la existencia, sino a todas sus circunstancias, si cada quien cuida la dicha de sus hermanos y hermanos estará cuidando también la propia, y quien evite causar un daño a su prójimo, aun en su propio perjuicio, cuida de no dañar a todos los demás, cuida de no dañarse a sí mismo. Sea entonces la regla hacer con el prójimo lo que desearía se hiciera con uno y no hacerle lo que uno mismo no quisiera sufrir.
8.        Nacemos desnudos y desvalidos, sin sabiduría ni lenguaje. Todo nos es dado por quienes nos protegen en nuestra debilidad. Respetaremos a nuestros mayores por este trabajo y solo al trabajo propio y común acudiremos para reclamar riquezas. No aceptes en herencia más de lo que posea tu prójimo más pobre, de modo que comparta tu esfuerzo y tu alegría. Toda acción violenta para reclamar posesiones, todo fraude o engaño o usura serán así considerados abominables si quiere caminarse por mi senda. Quien se enriquezca aprovechando la debilidad de otros no podrá decir que anda en mi senda, ni tampoco aquel que no tolere las razones de su prójimo, aun cuando contradigan su propio pensamiento, pues ni el más sabio lo conoce todo.
9.        Ni el más sabio lo conoce todo, pero el ignorante sin duda se equivoca: sea el conocimiento nuestra búsqueda perenne y la duda nuestro regocijo, pues sin la duda el conocimiento se disfraza de engañosa verdad.
10.    Nacemos desnudos y desvalidos, sin sabiduría ni lenguaje. Todo nos es dado por quienes nos protegen en nuestra debilidad. Respetaremos a nuestros mayores por cuanto han aprendido y enseñado, y los honraremos con nuestra duda sobre sus enseñanzas. Porque la deshonra no yace en el error, sino en la incapacidad de confrontarlo.
11.    Nacemos desnudos y desvalidos, sin sabiduría ni lenguaje. Todo nos es dado por quienes nos protegen en nuestra debilidad. Respetaremos a nuestros mayores por cuanto han trabajado en nuestro beneficio y aprenderemos la lección: no hay trabajo verdadero sin amor al prójimo, que todo trabajo se haga pensando en el beneficio de nuestro prójimo, que es también nuestro pueblo que fue, es y será. Difícil es esta lección para quien vive rodeado de riquezas, sin ver en ellas el trabajo y la miseria de sus semejantes ni el conocimiento heredado de las generaciones precedentes. Pero este es el camino que ha elegido Gerson, hijo de Sefora y de Moisés.
12.    Porque extranjero fue mi padre en la casa de mi abuelo, y perdido estuvo y sin abrigo, porque extranjero fue mi pueblo y porque extranjero soy yo: tu techo será el techo de quien lo necesite en su exilio, tu mesa será su mesa, tu pan será su pan, y estará protegido por tu ley: sea la hospitalidad tu alegría y compartir tu regocijo.
13.    Porque extranjero fue mi padre en la casa de mi abuelo, y perdido estuvo y sin abrigo, porque extranjero fue mi pueblo y porque extranjero soy yo: comparte con respeto y alegría lo que te sea ofrecido con amorosa hospitalidad y aprende de otros pueblos y personas sus usos y costumbres, sus formas de alegría y de justicia.
14.    Guarda el día sábado para la reflexión y el descanso y cuéntale a tus hijos y a tus hijas las leyendas de tu pueblo, para que aprovechen su sabiduría y corrijan sus errores. Que sea el día sábado, creado para el hombre por el hombre, el día del descanso, la reflexión y las preguntas.
15.    Es frágil y difícil la justicia, como enseñó a mi padre mi abuelo Hobeb. Nunca causes un daño como castigo o exijas reparación si jueces justos no han examinado el caso a consciencia y dictado sentencia contra tu prójimo, ni dejes de castigar el daño contra tus semejantes a través de tribunales insobornables. Jamás levantes falso testimonio, que jamás tenga precio tu palabra, que jamás tenga precio tu silencio. Nunca te aproveches de la debilidad ajena ante un tribunal, como no te aprovecharás de ella ante la vida. Deseo que tus pies no se alejen de la empinada cuesta de la justicia por recorrer la suave ladera de la venganza.
16.    No permitas que el deseo de poseer cosas te domine, ni la envidia de la riqueza ajena, ni la insatisfacción por tu modestia. Disfruta del trabajo que realices con tu gente y con tu pueblo, pues lo demás es solo vanidad. Intenta que cada producto de tu esfuerzo y el de la gente que te rodea mejore el mundo sin destruir de él lo que no sea posible recuperar. Que mejorar y reparar el mundo sea el objeto de todos tus esfuerzos, protegiendo al más débil, cuidando lo que es frágil, resguardando la inocencia de todo daño y mal.
17.    Si algunos son dominados por la codicia o por la ira, u orgullosos de su fuerza se alzan en poder, y quieren doblegarte y dominarte, y quieren aprovecharse de tu esfuerzo, que tu mano no dude en defenderte, pero que tiemble antes de matar y ante la menor duda elija preservar una vida a destruirla. Porque codicia, ira, envidia y orgullo son signos de flaqueza. Que tu mano sea fuerte para defender lo que amas y sea todavía más fuerte tu pensamiento para perdonar a quien lo odia. 





Consecuencia


No es casualidad que la implicancia práctica de estos 17 versículos nada sagrados den como resultado una configuración ideológica abierta y exigente a la vez, porque se nutre de nuestro contexto tanto como se opone a sus tendencias destructivas. Tampoco es casualidad que deje tantos aspectos sin tratar siquiera. No dice, por ejemplo, “No robarás”, porque no se instala en principio en la defensa de una determinada forma de propiedad, aunque la deriva del trabajo solidario, lo cual implica ya una postura ideológica definida. Tampoco define un modelo familiar o un modo de organización jurídico político: tal vez porque no sería razonable exigirle a un humilde filósofo de hace dos mil años reinventado hace un par de semanas por un sociólogo judío rioplatense ateo no sionista con vocación igualitarista comunista ecologista y algo anarquista respuestas para todas las preguntas.

10 preguntas posibles acerca de la doctrina de Gerson:


1.      ¿Quién puede ser admitido en la doctrina de Gerson?
Cualquier persona (en realidad, cualquier ser cultural autoconsciente) capaz de comprender y interpretar su doctrina, lo cual supone, quizá: 1) realizar al menos una lectura del conjunto de libros conocido como Antiguo Testamento (sin restricciones en cuanto a versiones o traducciones) y entenderlos como sustrato para el debate y la construcción intersubjetiva de prácticas sociales y culturales dinámicas; 2) aceptar los lineamientos éticos y morales del Testamento de Gerson como sustrato para su discusión y desarrollo común. Una vez aceptados estos dos elementos pueden ser consideradas Gersonianas personas procedentes de cualquier etnia, clase social (aunque a los ricos les costará bastante), religión, lengua, país o tradición filosófica. Ante la duda, rige el principio de tolerancia democrática.
2.      ¿Quién avala esta pertenencia?
Al no existir órgano jurisdiccional Gersoniano alguno, político, civil o religioso, la pertenencia a la doctrina de Gerson es avalada por... la consciencia de cada Gersoniano y, eventualmente, por los mecanismos que los Gersonianos futuros establezcan. Ser Gersoniano es antes una práctica que una forma de pertenencia social, aunque la cuestión es debatible.
3.      ¿Es necesario creer en el dios de Israel para ser Gersoniano?
Aunque la presencia del dios de Israel es notable en los textos básicos, al ser éstos considerados en la doctrina de Gerson fuentes para la interpretación antes que verdades transcendentales, no hay exigencia alguna en este sentido: cualquier judío creyente o no creyente, cristiano, musulmán o participante de cualquier credo o corriente filosófica puede considerarse a sí mismo Gersoniano si acepta en líneas generales los principios de admisión a la doctrina.  
4.      ¿Es necesario circuncidarse, tener sangre judía o antepasados o parientes judíos para ser Gersoniano?
No. La doctrina de Gerson se deriva de la tradición judía (y de otras)... pero no la exige sino en el aspecto previsto en el segundo punto de las “condiciones de admisión”.
5.      ¿Existe algún castigo por abandonar la doctrina de Gerson?
No.
6.      ¿Hay algún principio que rija la interpretación de la doctrina de Gerson?
Sí los hay, estos serían seguramente la libertad de consciencia y la dignidad de cada ser humano.
7.      ¿Hay algún ritual propio de la doctrina de Gerson?
No. Al margen de las lecturas previstas es demasiado nueva... pero si hay propuestas útiles y divertidas que no contradigan los principios de la doctrina, pueden ser creados. Por el momento persisten los rituales heredados del judaísmo tradicional, en algunas de sus formas históricamente desarrolladas como es la designación del sábado como día destinado a la reflexión y al descanso... que puede quizá caer en un día que no sea estrictamente un sábado.
8.      ¿La doctrina de Gerson impone alguna idea o conducta respecto de alguna situación contemporánea?
No. La doctrina posee, es evidente, ciertos principios éticos y morales, pero actúan como guías para la interpretación de situaciones determinadas, no cómo fórmulas de pensamiento abstractas de las que se derivan verdades universales o universalmente aplicables.


9.      ¿Hay algún profeta Gersoniano?
No. Sí hay algún principio en este aspecto es que la doctrina de Gerson se acepta a sí misma como una construcción individual o colectiva, no como una revelación.
10.  ¿Los Gersonianos quieren dominar el mundo?
No, apenas quieren entender algunos aspectos de su propia existencia para actuar de la mejor manera posible en un mundo muy confuso del que saben muy poco.


Para más preguntas, comentarios o sugerencias, no duden en comunicarse conmigo. 

viernes, 29 de noviembre de 2013

La venganza de Jericó

Hace tanto tiempo que no escribo en este espacio.
No sé si sostenerlo tiene algún sentido todavía.
El partisano (cultural) es un viejo sueño personal, un sueño de resistencia contra la desaparición cultural del judaísmo que aprendí a querer y que es parte de mí. Considerando esto, parece razonable suponer que debe ser sostenida la resistencia precisamente en el momento en que menos sentido se le encuentra a la propia identidad judía.
Pero hoy, en para esta fiesta de las oligárquicas luminarias asmoneas que suplantan el martillo macabeo de la liberación me toca asumir la parte de ese amor que me duele profundamente. 
Si puedo elegir ser judío de alguna manera, elijo caer con Yehuda antes que levantarme con Iojanán. A muchos la opinión les sonará opaca, confusa, inconducente.
La historia de los Macabeos es bien conocida, sin embargo, y se trata de elegir la resistencia permanente antes que la gloria efímera de la victoria. Porque en la resistencia la historia se hace y en la gloria la historia se derrumba en vanidad. Y no me importa quién era el opresor de turno, si egipcio, asirio, babilonio, persa, macedonio o romano, solo quiero pensarme en esa resistencia a la opresión.
El hecho terrible (que pesa como una piedra funeraria sobre mi espíritu judío) es que hoy la resistencia cultural se hace difícil no porque seamos la parte débil, sino porque nos hemos sumado a los fuertes: gracias al nacionalismo judío aceptamos la grandeza del mundo capitalista que domina a cualquier otra sociedad y aceptamos defender las fronteras de Occidente frente a la “barbarie” de lo que no es el mercado mundial y debe ser sometido a él.
Puestas así las cosas, reconozco la ironía de la tierra prometida como la fruta del árbol del bien y del mal. Dios separó las aguas del mar para que saliéramos de la esclavitud y nuevamente las del río Jordán para que entráramos en la tierra de promisión. Fue una trampa, una más, de esa deidad terrible que era Jehová. Nos hizo creer que Moisés no entró a la tierra de Canaán por sus pecados, pero lo cierto es que no entró porque no quiso: Moisés, como Yehuda ha-Macabí, era un héroe de la Libertad y no consintió en ser un héroe de la guerra contra otros pueblos libres. Aceptó la defensa contra los madianitas, pero no la destrucción de Jericó.
Pero la pregunta es si debimos cruzar estas aguas segundas para ganar la tierra que visitó Abraham por la sangre de nuestros adversarios. “Porque lo quiso dios” no es la respuesta: dios también aceptó que lleváramos de Egipto el oro de los nobles que erigió el becerro maldito por la mano de Aarón: hacer lo que dios nos permite no es siempre hacer lo que se debe. Somos el pueblo del Pacto, pero somos también el pueblo de la Ley. Y si el pacto se opone a la justicia debemos, creo, consagrarnos a la segunda, precisamente porque en la injustica el pacto no sobrevive.
Dios es un cruel educador y la tentación de la victoria, la decadencia y la venganza son sus herramientas predilectas, porque así consigue que ser judíos nos duela y reaccionemos con ese dolor para que esa reacción sea la resistencia para la supervivencia.
Ezequiel vio nuestros huesos resecos revestirse de carne, ¡cuidado! Los muertos de Jericó (también los otros muertos que causamos) dejan huesos también y ¿quién conoce los caminos del señor?
Presento y entrego con la gratuidad habitual, ahora en formato de libro electrónico, mis libros sobre judaísmo editados por Entalpía

El polvo del santuario: un ensayo sobre la experiencia sionista y su influencia en el judaísmo (2010)

Y el nuevo:

Pueblo del pacto y de la ley: Una introducción al estudio de la legislación judía antigua (2013)

 Léalos o descárguelos en:


jueves, 28 de marzo de 2013

De regreso para Pesaj: filosofía de la harina de Matzá demasiado cara

Casi todos los años compro harina de Matzá, hago una o dos veces kneidelaj, hacemos brownies de Pesaj; poco más. Tal vez en estos días ensayaré unos Latkes. Este año llegué tarde con la compra: ya no había matzá y revisando el precio encontramos la harina a casi ciento diez pesos el medio kilo (después la encontramos más barata, eso sí). Inmediatamente se planteó la duda: ¿podemos tener Pesaj sin los kneidelaj ni los brownies? ¿Qué hacemos sin matzá? Ningún problema. Compré dos kilos de harina triple cero, llegué a casa, prendí el horno, agregué agua, sal, azúcar, ni una gota de aceite, una pizca de pimienta negra y otra de pimienta de Jamaica, mezclé y estiré en menos de doce minutos como creo que dice la caja y diez minutos después tenía más de dos kilos de matzá, una parte de la cual será molida para hacer harina.
Pero en el trayecto me ocurrió algo extraño. Por primera vez, recordando que no quise (no es que no pude, no quise) pagar el precio, esa matzá se pareció a lo que dice la sentencia: “Este es el pan de la pobreza que comieron nuestros padres en la tierra de Egipto, la casa de la esclavitud”.
A doscientos pesos el kilo de harina de matzá, por mucho que la haya besado un rabino, un pobre no puede ser judío. Pensé que era al revés: lo que está siendo pobre es el judaísmo, si ya no deja que sus pobres sean judíos. Antes no había problema en ser judío y pobre, ahora sí. De hecho, salimos de Egipto siendo más pobres que nunca y, al mismo tiempo, dejamos de ser pobres esclavos al salir, para ser judíos. Es complicado, sí. Escribamos algunas páginas para terminar de confundirnos.
En ocasiones es perfectamente lícito hacerse preguntas sobre lo que parece obvio y evidente, apodíctico, en la jerga filosófica, es decir, una instancia ontológica en donde conviven el ser y su definición. En otras ocasiones no solo será lícito, sino indispensable y, cuanto más importante sea la cuestión tratada, cuanto más evidentes sean las respuestas del sentido común, más importante será utilizar la razón crítica para revisitar esa cuestión.
No pocas veces encontraremos que, a pesar de tratar con frecuencia un concepto que consideramos esencial, en cuanto intentamos definirlo se nos escapan las palabras como cucarachas cuando se enciende la luz. Antes de preguntar no podíamos ver el objeto, en cuanto hacemos la pregunta, el objeto deja de estar allí para darnos la respuesta. Tal es el caso de un concepto central en la celebración de Pesaj, esto es, el concepto de Libertad. En este sentido, no perdamos tiempo y planteemos la pregunta: ¿Qué es la Libertad? Tema bendito, tema espinoso, tema para Baruj Spinoza.
Una respuesta es la clásica y moderna propuesta liberal, de corte individualista: La libertad es la posibilidad que cada persona tenga de realizar su plan de vida sin que nadie se lo impida (y, lógicamente, sin arruinar el plan de vida de los demás). Pero los problemas empiezan muy pronto: ¿En qué condiciones puede una persona realmente trazarse un plan de vida en forma autónoma? ¿Cuánto pesa la herencia, el contexto, la correlación con otras personas? ¿De qué sirve tener un plan de vida a los veinte años si uno no sabe que es lo que va a querer a los treinta o a los cuarenta? No cabe duda que la definición es buena, solo que omite considerar la situación real de las personas.
Detalles: olvida que la gente nace en un mundo en donde hay ricos y hay pobres (donde, de hecho, hay ricos porque hay pobres), y en donde la probabilidad de nacer pobre es cuatro veces más alta que nacer en el escalón más bajo de las clases medias y quinientas o seiscientas veces más difícil que nacer en una familia rica y trazar su plan de vida incluyendo la posesión de un Poni, todos los accesorios originales de la Barbie, estudiar en Harvard, casarse con una supermodelo, tener una Ferrari y una casa en Montecarlo, morir a los cien años con pinta de tener menos de noventa y contratar a un vigilante que mire una pantalla todo el día por si los médicos cometieron un error y nos despertamos en nuestra tumba de mármol de Carrara con cochera y cancha de tenis.  El imaginario liberal supone que nacemos y tendemos a desarrollarnos iguales no solo en razón y en derechos (que tampoco) sino también en posibilidades, lo cual es la gran mentira original del liberalismo. Eso sin contar con un elemento sustancial: nadie traza un plan de vida solo, hay otros que intervienen en él, tanto antes de que la persona gane autonomía como después. Eso me pasó a mí a los dieciocho años, cuando tuve un tórrido romance con la Claudia Schiffer: solo podría haber sido mejor y más ajustado a mi plan de vida si ella se hubiera enterado y decidido participar.
Otra respuesta es la dialéctica. Esa sí que comprende la interacción humana: solo es libre quien nace en un pueblo libre. Por supuesto, no se espera ingenuamente que sea el pueblo el que trace el plan de vida de la persona, pues en este caso la persona tampoco es libre, camarada. Muy bien, corrijamos el punto de vista liberal original y agreguemos dos condiciones: La libertad es la posibilidad de trazar el propio plan de vida en el contexto de un pueblo libre y partiendo de condiciones de igualdad real.
Pequeño problema: en estas condiciones hay funciones sociales reconocidas como importantes que no existirían, pues no podríamos forzar a nadie a ser, por ejemplo, recolectores de residuos, sepultureros, sirvientes, mano de obra barata y demás, es decir: la sociedad tal como la conocemos, en la cual hacemos planes considerando la realidad existente, sería imposible, de modo que no podemos hablar de libertad hasta que todos seamos libres y veamos cómo nos organizamos, antes de que nadie trace nada usando al prójimo como bolígrafo.
Por suerte tenemos una ventaja llamada experiencia, que nos habla de nuestra pasada existencia como sociedad, pueblo o especie y que, analizada con buena ciencia, nos puede dar alguna clave para trabajar con este problema. Esta ciencia de la experiencia de la existencia, que no es filosofía sino una rana de la sociología, que llamamos sociología del conocimiento, se encuentra con la cuestión de que no es suficiente la memoria personal, sino que se debe recurrir a la memoria colectiva, la tradición, cosa tan compuesta de historia como de mitología y, para peor, ambas interpretadas desde el prisma ideológico del presente, que encima... es plural y equívoco... la pucha digo.
No nos asustemos. A pesar de la existencia inevitable de este prisma ideológico multifacético y cambiante como un caleidoscopio en manos de un borracho, a pesar de la mezcla de conocimiento y fantasía, el hecho es que nos quedan relatos de lo pasado en los cuales sí es posible pensar las propiedades de los conceptos que intentamos definir. De este modo, no importa en realidad la verdad o la falsedad de un relato, sino su contenido como espacio social de reflexión. Por eso ningún pueblo puede prescindir de estos relatos, pues sin ellos no sería capaz de construir sus bases éticas, morales, estéticas, teológicas, legislativas, jurídicas ni políticas. Este tipo de relatos son denominados axiológicos, pues son los ejes de cada debate y, en cuanto tales, son relatos que otorgan sentido, por lo cual los debates habilitados son ontológicos.
Muy bien. Si usamos la cabecita nos daremos cuenta que de eso se trata contar una historia sobre la salida de la esclavitud en Egipto, pues es el modo en que podremos discutir cuál era el sentido de la liberación y así poder pensar cuál es nuestra idea de libertad. El más ingenuo repaso de la historia narrada nos revelará muchas contradicciones y problemas, como cuando el pueblo en el desierto le pregunta a Moisés: “¿Para eso nos sacaste de Egipto, principito, para morir de hambre y de sed?”. Pregunta jodida que es una forma de preguntar qué significaba la libertad en medio de la nada. Tampoco encontrarán los judíos de entonces espacio, por ejemplo, para la libertad de culto: fíjense en el enojo de Moisés y la matanza que realizaron los Levitas de Josué cuando ocurrió el asunto del becerro de oro. No podían elegir tampoco hacia dónde ir, pues la tierra prometida era una sola, y no existían Brooklyn ni Miami. Ni siquiera pudieron realizar la existencia en esa tierra, pues fueron obligados a vagar por el desierto hasta la extinción de toda esa generación, calificada de perversa (sí era tan perversa, ¿para qué tomarse la molestia de sacarlos de Egipto?). Y fíjense que el dios del Éxodo no ahorró en gastos para conseguir la liberación del pueblo judío ni para convencerlo de la existencia pues, después de la creación del mundo, no hay relato más cargado de portentos, milagros y demás.
A esos liberados del cautiverio egipcio de poco les valió la libertad, en términos materiales. Y sin embargo contamos el relato como si fuera la mayor alegría del pueblo judío, además del pogromo abortado en Purim. Y hacemos bien. ¿Por qué? Pues es muy sencillo: sin esa liberación del cautiverio, aun forzada y llena de sufrimiento para nosotros mismos, ni siquiera podríamos ser. Por eso tengo para mí que este relato, al que incito cada vez que puedo a rodear de debates y críticas, es tan importante para el pueblo judío. Es sencillo: quien no necesita este relato para pensar en la libertad, sencillamente ya no necesita ser ni sentirse judío.
No es una crítica personal, no lo tome a mal si usted va al Seder solo a morfar pastrón y a quejarse de lo mal que se hacen las cosas actualmente: es una invitación a la reflexión. Debe haber cientos de otros relatos a partir de los cuales pensar la libertad: la revolución francesa, la rusa, la de mayo, muchos otros, en realidad. Tal vez nunca nos pongamos de acuerdo sobre qué es la libertad... pero lo importante es que tengamos relatos que nos permitan debatir acerca de lo que no es, de lo que irremediablemente la destruye y la niega y, así, nos aniquila.
Tal vez obedecer a Moisés implicaba cierta falta de Libertad, discutámoslo (yo lo discuto). Pero indudablemente es esclavitud seguir obedeciendo al capataz y al faraón que su látigo representa. Indudablemente también, sin Pesaj todos los relatos que lo siguen no serían parte de la historia del pueblo judío (historia real o mítica: discutámoslo) sino del pueblo egipcio (no creo que haya nada de malo en eso, solo que no seríamos y no tendríamos nuestra ciencia judía de la experiencia de la existencia, sino la egipcia). Indudablemente sin la dirección autocrática y tiránica de Moisés  no tendríamos la ley judía básica (fíjense en google earth lo lejos que queda el Monte Sinaí del camino más corto a Tel-Aviv desde la tierra de Goshen) y, sin la ley, nada habría de judío después: ética, moral, estética, teología, ciencia jurídica, legislativa ni política. Sería exactamente lo mismo que si la Torá dijera que dios mandó a Abraham: “Deja tu tierra, la tierra tus padres, y vete a la tierra que te indicaré”, y el viejo le hubiera respondido “No, que se las tome otro, yo me quedo acá”.
Recordemos que el primer mandamiento no es una ley, sino un relato y una forma de expresar el propio relato: “Yo soy el señor tu dios, no tendrás otros dioses además de mí”. Ni siquiera se molesta en negar la existencia de otros dioses, simplemente establece una base literal para el pacto: “A partir de la redacción de la presente norma a este pueblo (en adelante los judíos) le corresponde este dios (que en adelante no será nombrado) y viceversa”, es decir, que la historia de este pueblo debe contarse a partir de esta relación, y no de otra, tal cual ocurre en la mayor parte del resto de la Torá, los libros de las Crónicas, los de los Profetas (mayores y menores) y el material complementario seleccionado en los Escritos. Nos la pasamos metiendo la pata y dios se la pasa haciéndonos pagar caro cada metida de pata, cuando no nos hace meter la pata él mismo.
En fin. Así la entiendo aquí, como parte de Pesaj. ¿Qué es la libertad? Es tener la posibilidad de desarrollar el propio ser. No es la definición liberal, es otra cosa. No es un plan de vida lo que hace cada uno, sino definir su vida dentro de las condiciones que le imponen su cultura y su contexto. Pero para llegar a eso hay un proceso de crítica y autocrítica necesarias, de modo que ser libre es, en realidad, un permanente esfuerzo por pensar críticamente las condiciones que se nos imponen y luchar contra ellas sí es necesario. Por eso cada judío debe creer, como dice el relato, que él mismo ha sido sacado de Egipto, de la casa de la esclavitud. Porque es verdad: la libertad no es algo que se tiene o se pierde, no es una propiedad inherente ni un atributo adquirido; la libertad es algo por lo que se lucha y algo que se construye en forma permanente e interminable. La esclavitud es lo opuesto, es no poder hacerlo, incluso no poder siquiera pensar en hacerlo. Por eso, por pensar de esta manera, entre el cautiverio y la muerte no soy capaz de encontrar gran diferencia, excepto que el primero da todavía algún margen de revancha, la esperanza de que llegue del desierto algún redentor.
Lo curioso es que, si podemos soñar al menos con un redentor, incluso siendo demasiado cobardes o débiles para encarar la liberación por nosotros mismos, no seremos completamente esclavos. Dicho de otra forma: si en Egipto hubiéramos estado completamente esclavizados, jamás podríamos haber sido liberados.
Jag sameaj y pásen el pastrón

viernes, 28 de diciembre de 2012

La hormiga, Dios, yo y la regla de tres mal implementada en teología judía elemental


Intenté preguntarle a Dios directamente pero su silencio continuo parece indicar que no está para soportar mis estupideces. No se rían. Cuando escribo estas cosas, es decir, cosas como las que pueden leer a continuación si padecen de alguna especie de disfunción volitiva que les impide dedicarse ya mismo a cualquier otra actividad, suelo estar tremendamente angustiado. No se asusten. De todas formas esa es mi disposición usual de ánimo a estas horas insomnes. Excepto cuando me atrapa el sonido del teclado y en el ritmo inconstante pero veloz que generalmente le imprimo se me van apagando las penas de la medianoche.
No perdamos tiempo. Hace mucho tiempo fui informado del siguiente dato, que no intentaré siquiera corroborar: las hormigas pueden levantar seis veces su propio peso. No parece muy impresionante. Supongamos una grande y fuerte hormiga, el Goliat de su hormiguero, el Karadajian de su parquecito (http://es.wikipedia.org/wiki/Mart%C3%ADn_Karadagi%C3%A1n) una hormiga de todo un gramo de peso que es capaz de levantar seis gramos.
Yo no vendo polvos mágicos, querido, no tengo forma de medir seis gramos en este momento, ¡Qué pregunta! A ver... acá tengo una bolsita de té que dice contener un gramo y medio, de modo que la hormiga titán puede levantar el contenido de cuatro saquitos de té. Sigue sin parecer gran cosa. Yo todavía puedo levantar bolsas de cemento de casi cincuenta kilos (una muestra de sadismo banal, porque no hay necesidad de que tengan ese peso, considerando que la cal viene en bolsas de treinta kilos y la arena ni eso) pero ya me hace doler la espalda. Supongo que en caso de incendio podría echarme al hombro a algún amigo de unos ochenta kilos durante unos metros, pero eso es todo... es cierto que me levanto toda las mañanas, empujando a duras penas mi propio peso así que, en fin, la hormiga levanta seis gramos y yo, cuando la nena me salta encima, unos cien kilogramos.
Olvidemos el problema de la gravedad por un momento y digamos que, a igualdad de masa, la disposición orgánica, molecular y fisiológica de la hormiga es seis veces más eficiente que la mía. Igual hacen falta 16667 hormigas para moverme del sillón. Una curiosidad teológica, dado que nada puede estar por fuera de Dios, él debe tener la masa exacta de todo el universo, de modo que, por lógica, a una masa del universo “x” dios es capaz de mover exactamente eso: en términos relativos, entonces, soy tan fuerte como Dios, y la hormiga es seis veces más fuerte que él.
La pregunta entonces es si la relación de poder respecto de la capacidad de trabajo de Dios y de sus criaturas se aplica recíprocamente, es decir, si existe algún grado de correlatividad lógica, de tal manera que la fuerza de Dios pueda calcularse. ¡Ah, la gran pregunta sobre el gran Yavé, para la cual nadie tiene la respuesta! ¿Es o no es omnipotente? ¿Respeta alguna ley que la realidad le impone o simplemente crea con su voluntad toda ley e igualmente la rompe? ¿Puede crear energía, vulnerando el primer principio de la termodinámica? ¿Puede acelerar su movimiento hasta alcanzar en el espacio vacío velocidades mayores a las de las ondas electromagnéticas? ¿Puede saber al mismo tiempo la posición de una partícula subatómica y su velocidad? ¿Sabe si el gato de Schrödinger está vivo?
Oiga, pichón de Rabino, ¡tenga cuidadito! Seguro que ya se ha apresurado a responder “Sí, D´s (bendito sea su nombre aunque no le gusta que se lo gasten) lo puede todo”. Si así es... entonces... no hay razones para rechazar ninguna historia mítica que no presente contrasentidos lógicos. Un dicho en Idish dice AZ GOT VIL, SHIST A BEZEM OIJ, “Sí dios quiere, también una escoba florece”. Dios puede presentarse como lo que quiera, si es omnipotente: incluso puede encarnar en un cuerpo humano (no el mío, idiota, ya dije que me cuesta levantarme de la cama, que voy a ser dios yo).
Ahí estamos, viendo fuertes hormigas imaginarias un minuto, aceptando una cruda ruptura teológica al siguiente. Ya jugué una vez con la idea de que Dios se la pasa enviando al mesías y no le llevamos el apunte (como lo explico: de chico yo le llevaba con galantería los apuntes a una chica, pero después ella con coquetería no me llevó el apunte), o sea: no le hacemos caso. A lo mejor dios mismo se la pasa presentándose a la humanidad en las más diversas formas, incluso al mismo tiempo (una defensa aceptable del politeísmo, amparada en la idea de omnipotencia divina), y seguimos sin hacerle caso: http://partisano-haalel.blogspot.com.ar/2011/01/meshuguene-leaks.html
Últimamente defendí también la idea de pergeñar una modalidad judía de la navidad http://soltonovich.blogspot.com.ar/2012/12/para-saludar-en-estas-fiestas-idea.html, pero ahora me angustia la idea de que seamos nosotros los que debemos tomar la decisión. Si Dios es considerado cabalmente omnipotente, no hay razón para que no pueda elegir preñar a una virgen, nacer en el mundo estando a la vez en el cielo en dos modalidades (Padre y Palomita Luminosa), sufrir y morir por los pecados de la humanidad (los pecados de hasta hace dos mil años, para los pecados acumulados desde entonces deberíamos crucificar a unos ochocientos setenta y siete mil catorce Jesuses), resucitar al tercer día y recomponer la unidad teológica básica. Tampoco hay razones para negar que Mahoma sea el sello de la profecía y el Corán la luz del mundo... pero tampoco se puede negar sin más a Ganesh, a Osiris, a Huitzilopochtli, a Agoyo, a Freya, a Astarté, a Marduk, a Venus, a Bauhaus y tantos otros: dios puede presentarse como le dé la divina gana.
Como ateo no debería importarme esta violentísima caída en el panteísmo (que de inmediato es un nihilismo hilarante), salvo que me oprime la intuición de que la imagen de la divinidad que tengamos socialmente es la expresión simbólica de lo que queremos ser en el mundo como comunidad: nuestros dioses deberían representar nuestras utopías socialmente conducidas por las ideologías emergentes o, dicho como refrán: “dime como crees que son tus dioses y te diré como crees ser”. En este sentido me preocupa tremenda-mente que no podamos definir a dios, porque eso implica que hemos perdido la batalla de la autodeterminación ideológica. Porque deberíamos al menos poder decir que dios no existe, pero que debería ser (preferiríamos que fuera) de tal o cual manera en caso de que llegara a existir. Como definían su mundo los viejos anarquistas: “Dios no existe y, si existe, es un cabronazo”.
En fin, levantamos un gato medio destruido de la calle y lo estamos cuidando para empezar el 2013, que les deseo a todos sea tan feliz como quieran y puedan sin molestar a los prójimos ni a las prójimas. No es casualidad que su nombre sea Bakunin.  

viernes, 30 de noviembre de 2012

Del Jeremías de Stefan Zweig al milenarismo judío contemporáneo: breve analogía y grave advertencia


1. Contexto
Aunque está escrita en un tono teatral, que sintoniza muy bien con el contenido dramático de la trama, Jeremías es una obra de Stefan Zweig que bien puede catalogarse como novela histórica. Aunque su fuente no ha sido sometida a crítica por parte del autor, el tono es claramente explicativo, didáctico... admonitorio. Zweig la escribió en el contexto de la primera guerra mundial, cuando le quedaban dos décadas antes de su suicidio en el exilio de Brasil. Como el espanto de la segunda guerra mundial no era todavía imaginable ni el nazismo era predecible, buena parte de su matiz apocalíptico y terminal es comprensible, aunque la historia se empecinara en empeorar muy pronto Verdún y el Somme con Stalingrado e Hiroshima.
Al mismo tiempo, las consecuencias de la guerra inter-imperialista no eran todavía previsibles. No podía anticiparse que la caída del imperio otomano y la ocupación británica de Palestina y la Trans-Jordania contribuirían notablemente al éxito del movimiento sionista: las colonias judías promovidas por Ahavat Zion y la acción diplomática de los líderes sionistas occidentales (junto con la debilidad de las primeras dos olas migratorias judías a Palestina) no auguraban todavía ningún éxito del nacionalismo judío en la región, a pesar del compromiso británico expresado en 1917 a través de la declaración Balfour, que el Libro Blanco de McDonald intentaría anular en 1939.
Jeremías es una novela metonímica, pero no es necesariamente alegórica. Somos nosotros los que podemos convertirla en una alegoría. En ella se narra el fin del mundo (y la increíble continuación de la existencia) a través de la caída de Jerusalén y la destrucción del templo por las tropas de Nabucodonosor II (a quien Zweig retrata de manera ambivalente como un agente del destino impuesto por Dios y como un actor propiamente político, en una oscilación que se entiende desde la perspectiva de la lucha política e ideológica interna entre los judíos de Jerusalén). De esta tensión política e ideológica es de lo que quiero tratar hoy, con la ayuda de este Jeremías tremendo y conmovedor. Quienes conocen ya no el libro de Zweig, sino la historia del profeta, ya pueden anticipar que no se tratará de un paralelismo feliz, ni mucho menos esperanzado.
2. “Eternamente dura Jerusalén”.
Los grandes profetas del exilio babilónico (Ezequiel y Daniel) constituyen elementos de transición hacia el nuevo judaísmo tutelado por la potencia persa y configurada por la política interior de los Aqueménidas durante los siglos sexto y quinto a.C.: son profetas con oscuras esperanzas de resurrección bajo el imperio definitivo del dios masculino único. Pero Zweig sabe bien lo que hace, y elige a Jeremías, el profeta de la destrucción y la muerte.
La tensión de la novela se centra en una dislocación psicológica tremenda. Jeremías es hijo de un sacerdote, su destino social es el sacerdocio hereditario, lo cual equivale a expresar que forma parte de los sectores dominantes (como lo era la familia del propio Zweig) aliados a la monarquía. En teoría, no hay nadie más alejado que él para seguir el camino del proyecto profético-apocalíptico encarnado originalmente por Elías en su contienda con el rey Ahab, en especial luego del episodio de la viña de Nabot (la pregunta: ¿Asesino y heredero? Continúa siendo central en material de moral geopolítica). Sin embargo, el sueño profético lo invade: mientras los sectores dominantes y el pueblo llano viven en la Jerusalén amenazada por la guerra, viven en la esperanza de una alianza con Egipto (esperanza bastante absurda, después de la batalla de Karkemish), en la esperanza de la intervención divina a su favor, Jeremías camina entre las ruinas del templo y los incontables cadáveres, Jeremías ve las llamas, huele el humo y la carne humana chamuscada, escucha los lamentos de agonía y el grito de los cuervos. Como Casandra de Troya, no puede contar la verdad y ser creído al mismo tiempo. Y no es creído porque su Dios ya ha decretado la caída de Jerusalén y el exilio, porque los sectores dominantes han sido infieles al pacto. El discurso de Jeremías se confunde: le habla al rey, a los sacerdotes, a los generales... a quienes son socialmente su clase... pero sólo el pueblo puede escucharlo, y es el pueblo de Jerusalén el que vive la tensión ideológica que cruza la historia del profeta.
Hay en la novela un mantra que se extiende desde el confundido rey Sedequías (cuyo nombre “Justicia Divina” es una burla macabra y una ironía trágica) hasta el último vigía de las murallas (los vigías que son la estirpe de siglos de vigías de David), una idea que se contagia irreflexivamente al pueblo: el destino de la conservación porque, dicen constantemente, “Eternamente dura Jerusalén”. Lo dicen en cada encuentro, ante cada decisión política, porque Dios no dejará caer su sede única, su santuario, su ciudad. Pero Jeremías camina en las calles ya condenadas y solo un escriba, ese pequeño Baruj destinado a narrar la historia y a intentar cambiarla, lo sigue en su peregrinación. Jeremías sabe lo que no quiere saber: que la ciudad está condenada y que él es el profeta maldito de la condenación, de tal modo que sus visiones son una carga insoportable, como el orgullo es la carga insoportable de los nobles de Israel, encarnada en la inflexibilidad del rey (que recuerda la inflexibilidad del Faraón ante Moisés y Aarón, forzada por la divina voluntad) y en la fanática voluntad guerrera de Abimelech ante las fuerzas superiores comandadas por Nabussaradán (Nabucodonosor el Arquitecto no se molestó en ir a esta campaña de “pacificación” de Siria y Judea, estaba ocupado en los siguientes treinta años de su reinado, embelleciendo Babilonia). Increíblemente, luego de la victoria caldea Jeremías se rinde a la majestad del execrado Sedequías, quizá porque la justicia divina se ha consumado o porque no es capaz de renunciar del todo a los privilegios de clase instituidos en la monarquía, un acto que me impide sentir una simpatía completa por Jeremías: “Sedequías, mi rey y señor, de pie permanecí frente a ti cuando tuyos eran la fuerza y el poder, pero ante el agobiado por Dios me inclino, el siervo más humilde de su dolor. El primero fuiste en beber la copa de nuestra amargura, el primero fuiste en padecer, ¡seas entonces el primero de nuestro pueblo en toda la eternidad, y comienzo de su salvación! ¡Oh, tú, rey de los pesares, ungido de la prueba, señor de Israel. Levanta tu frente para que nos ilumine, condúcenos, tú que ahora solo ves a Dios y ya no el mundo, condúcenos, conduce a tu pueblo!   
3. Am Israel Jai (Vive el pueblo de Israel)
Hoy en las murallas de Jerusalén estamos nuevamente; algunos dicen que retornamos del Gran Exilio, ya nada será como era, no nos amenaza nuestra celosa y terrible divinidad ancestral: ese dios que es un puño cósmico siempre dispuesto a caer sobre nuestras faltas. Tememos a nuestros enemigos aunque, como Sedequías, no estamos dispuestos a ceder ante ellos para conseguir la paz y confiamos en el fondo en nuestro destino porque, si sobrevivimos al genocidio nazi y a los pogromos, si levantamos frutos del desierto, si vencimos a fuerzas superiores coligadas para exterminarnos y cantamos que “Am Israel Jai”, es decir, que el pueblo de Israel vive (y vivirá), no hay realmente nada que temer, por grandes que parezcan los peligros. Hoy también la gran potencia es nuestra aliada, como lo era Egipto para Sedequías (aunque otro mar nos separa, Jeremías fue a morir a Egipto), ni los signos de su decadencia relativa nos asustan. Hoy también el moderno Abimelech confía en sus tropas y en sus armas ungidas de divinidad, y nunca se plantea cómo están siendo utilizadas, porque su causa es la de Israel y, en consecuencia, su causa es inherentemente justa y ajena a toda crítica. Claro, no todos somos modernos Sedequías o Abimelech, no todos hacemos certezas teológicas del cálculo político, del orgullo o la ira justiciera... pero tampoco somos Jeremías. Pero es notable que hay quienes sí lo hacen, y claman que el “pueblo de Israel vivirá”, como creían hace dos milenios y medio que eternamente duraría Jerusalén.
No he tenido sueños nocturnos ni camino entre los muertos que aun viven, mucho menos quiero verlos morir, ni siquiera para verlos encarnarse nuevamente, como vivió Ezequiel. No obstante, no estoy ciego como el rey. Si estamos aquí, incluso contra toda anticipación o esperanza de nuestros adversarios (en el fondo nos aman, porque somos su excusa, su quinta columna para sentirse justicieros), si realmente estamos aquí, como clamaba el viejo himno de los partisanos, es porque la historia cambia, porque no es fácil saber lo que trae con cada vuelta de página. Y esta es la advertencia: puede volver a cambiar en una dirección terrible, incluso definitiva. Sonreímos de manera milenaria y milenarista al recordar la caída del faraón, la de los jardines colgantes edificados por Nabucodonosor el Grande, sonreímos al verificar que los imperios persa y macedonio y romano son recuerdos en libros que cada vez son menos leídos, pero vive el pueblo de Israel; sonreímos incluso al ver que sobrevivimos a Nazis y Cosacos (aunque es mentira: ellos vencieron, como las, legiones de Adriano seis siglos después de Jeremías, ellos nos mataron y morimos, y solo sobrevivimos en la estadística y con un costo enorme, pérdidas irreparables de pueblo y cultura); sonreímos porque eternamente dura Jerusalén.
Pero estas expresiones de eternidad no están basadas en el conocimiento, ni siquiera en la lógica: son expresiones puramente ideológicas y, lo que es peor, ideográficas: construyen una apariencia de realidad que la disocian de toda demostración o prueba empírica. No importan cuanto crezcan los enemigos (especialmente esos enemigos interiores que todas las personas y los pueblos arrastramos con nosotros) nada importa porque lo que importa es, en la ideografía, eterno, indestructible, inmutable...
Stefan Zweig es un escritor universal, un judío que trató temas judíos con vocación universalista (y así se comprueba en la admiración que su prosa ha despertado en los observadores más variados) pero esto no es obstáculo para que los judíos escuchemos su clamor y su advertencia. El precio de las certezas ideológicas y las cegueras políticas ya se ha pagado en la historia judía, y no es cuestión de ceder ante el inevitable conflicto interno que aparece cuando las verdades absolutas son desafiadas por el buen sentido. Así como tenemos la tarea de defender las murallas de David de los enemigos externos, no queda más remedio que defendernos de los adversarios internos representados por el sinsentido y el milenarismo. En mi caso, el recuerdo de riquezas judías del pasado y de errores judíos de todos los tiempos es la herramienta mejor de que dispongo. ¿Por qué? Porque creer que eternamente dura Jerusalén y que por siempre vive Israel tal vez sea el camino más rápido para perdernos, porque es una creencia que no aprende de la experiencia y que no contiene la sapiencia de comprender que, pueblo afortunado, hemos sufrido mucho no por estar elegidos para el sufrimiento sino porque hemos existido más de treinta siglos. Si no actuamos con sabiduría, es más probable que la buena suerte se acabe.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Ay de Jerusalén: Manifiesto forzado sobre el estado actual y permanente del conflicto palestino-israelí



¡Qué difícil hacer algún comentario! Un analista no debe ser un cronista de guerra pero, al mismo tiempo, el silencio es, en sí mismo, un acto de complicidad. Gran problema, ni siquiera está claro de complicidad con quien. Si no se condena el modo y el trasfondo de esta operación “Pilar Defensivo” se es cómplice de un gobierno israelí que sistemáticamente viene desarrollando una política de desactivación de toda oportunidad de paz regional; a la vez, sí solo se condena esta operación particular olvidamos criticar una larga trayectoria de pésimas políticas por parte de sucesivos gobiernos israelíes. Por su parte, si no se hace foco en la imbecilidad política de Hamas, al hacer el juego al gobierno actual de  Israel con esos misiles que llueven sin concierto sobre el sur del país, al utilizar a la propia población civil como escudos humanos y al ejecutar sumariamente presuntos colaboracionistas, también seremos cómplices de dar desde la distancia falsas expectativas al pueblo palestino, es decir, en el caso de que nuestra opinión le importara algo.
No creo que, en estas condiciones, se pueda aportar nada nuevo, excepto abstenerse del silencio, excepto expresar con la mayor claridad posible una opinión consolidada que se sustente tanto en valores humanos como en conocimiento humanamente orientado. El problema es que la claridad es, en estas condiciones, materia de utopía.
He recibido un mensaje invitándome a participar de una marcha “a favor de la paz en Israel”. No sé muy bien qué hacer. El problema, otra vez, es que no queda claro qué es lo que se estaría reclamando: si el final de la política beligerante de Israel o el final de la política beligerante de Hamas, o ambas y, en ese caso, ¿qué sentido de continuidad? Después de la tregua Clinton, ¿seguimos  hacia donde? Incluso hecha esta aclaración, quedarían sin resolver aspectos relativos a sesenta años de enfrentamientos (más que suficientes para generar movimientos ideológicos dislocados y erráticos en ambas partes) y aspectos relativos a la gran asimetría que existe en las relaciones establecidas en este periodo en un contexto internacional determinante y volátil.
Desde hace ya muchos años soy partidario de la idea de que, dadas las condiciones de asimetría social, económica, política y militar que se desarrolló entre Israel y Palestina, no hay solución al conflicto que no suponga una mayor carga para Israel. No se trata de que Israel “deba” más. No propongo una tesis moral, sino una pragmática.
En este sentido, Israel, como potencia militar incontestable debería negociar con los palestinos incluso frente a las peores amenazas de exterminio por parte de estos. Pero Israel se niega a hablar mientras no se reconozca su derecho a existir, sus fronteras defendibles, su capital en Jerusalén y su derecho a conservar el estatuto de estado judío aun sin conceder la creación de un estado árabe palestino. Por su parte, los dirigentes palestinos han aniquilado su ventaja ética con su retórica y su insistencia en el martirio y el ataque en cada fase del conflicto, desactivando la presión internacional sobre Israel, sin contar con esas imágenes de presuntos traidores asesinados y arrastrados como reses muertas por las calles, publicadas incluso en medio tendenciosos en contra de Israel. Además, como potencia económica relativa, Israel debería asumir mayores costos, tanto en materia de inversión para la paz como en materia de desarrollo humano del pueblo palestino, que con frecuencia serían coincidentes. Este mecanismo no debería alterarse en la solución de dos estados o en la de dos comunidades separadas pero integradas en lo político y lo económico. Estoy hablando a futuro, pero eso no implica desconocer algunos indicios en el pasado de la posibilidad de establecer políticas de esta índole.
Pero el hecho es que hay demasiada gente poderosa beneficiándose de la persistencia del conflicto, demasiadas emociones a flor de piel y demasiados prejuicios incorporados al debate. Las acusaciones cruzadas son casi siempre maximalistas: Israel es el diablo o los palestinos lo son. Y en materia humana el maximalismo es casi siempre ridículo, y siempre peligroso.
No por primera vez, entonces, propongo re-articular los valores a defender (sin que esto implique poder ni querer imponer un determinado catálogo o una determinada jerarquía) e intentar comprender como se instalan en este conflicto, como se instalarían en políticas diferentes a las que se desarrollan ahora.
En primer lugar, tal vez me equivoque, la vida humana y la integridad física. Nadie va a acusarme de ser individualista pero, en este caso, tal vez puedan hacer una excepción: valoro positivamente que ninguna persona, en tanto individuo, sea asesinada o vea menoscabada su integridad física. En este sentido, en momentos puntuales del conflicto se han hecho esfuerzos por ambas partes, pero no se ha comprendido o no se ha querido comprender que el momento puntual es insuficiente si no se aprovechan las treguas para desactivar los conflictos, y eso, claramente, no se ha hecho. Israel ha ofrecido largos periodos de no intervención, pero no ha acompañado este movimiento con la desocupación del territorio palestino tanto en el plano militar de los destacamentos militares como en plano demográfico de los asentamientos. Israel supuso en los años ´90 que la paz entendida como no agresión era suficiente, especialmente si se desarrollaba la economía; la dirigencia palestina extremista aprovechó el descontento social para decir “vamos por más”, pero en un sentido beligerante y (cosa sorprendente para su capacidad militar muy inferior) prepotente. Porque esto debe decirse: el estado de Israel es prepotente, eso es obvio, pero lo es sobre la base práctica de su capacidad militar, mientras que la prepotencia de Hamas se sostiene solo en plano discursivo. Cuando Hamas dice que si Israel no hace tal cosa pagará las consecuencias, frecuentemente es mera retórica. Pero el caso contrario no se da: cuando las fuerzas armadas israelíes intervienen, cada operación se salda con muertos y generalmente, bastan uno o dos días para que se superen daños y víctimas en el lado palestino respecto de meses o años de ataques menores contra la población israelí.
Pero si Hamas es imbécil al fanfarronear, también es imbécil la exagerada respuesta israelí en términos de soluciones amplias y a largo plazo. En cada caso el gobierno israelí ha preferido sacrificar su posición internacional (sabiendo que cuenta, en general, con la complicidad de las potencias) para consolidar su posición interna, lo cual solo se explica por las posiciones ideológicas maximalistas que suelen predominar entre la población israelí.    
En segundo lugar, tenemos el problema de la igualdad vinculada  a la autodeterminación. Teóricamente, como aceptamos que todos los humanos nacemos iguales en razón y en derechos (yo opino más o menos eso: todos somos más o menos iguales en materia de estupidez e intereses mezquinos), de eso se deriva que los pueblos deberíamos ser capaces de elegir libremente nuestro destino. Es para llorar. Permítanme decirles: estas cosas no pasan. Israel mismo no existiría si las condiciones de expansión y retracción del imperialismo europeo no hubieran dejado su marca en medio oriente. El único “derecho” que los pueblos han ganado para auto-determinarse es, o bien la fuerza de las armas o bien la evaluación en términos costo-beneficio, es decir, si los poderes predominantes en estados que ostentaban cierta soberanía en una región consideraban excesivo el precio militar y económico de la ocupación (que es la razón, por ejemplo, por la cual Gran Bretaña abandonó la región a su suerte en 1948). Claro, la fuerza militar de las potencias amigas suelen ser suficientes para alterar las perspectivas. Por eso desde hace rato vengo diciendo que las potencias amigas le han hecho un flaco favor a Israel al no oponerse a sus políticas, pues han eternizado el conflicto con el pueblo palestino.
Y es que, insisto, sea como espacio de ubicación de armamento o como espacio de distracción geopolítica, se ha preferido no extinguir las razones de la guerra y nada se ha hecho realmente para desactivar el conflicto regional. Lo mismo ha ocurrido, claro está, a lo ancho de todo el planeta, pero el caso Israel-Palestina es paradigmático. Incluso los defensores a ultranza de la causa palestina en el resto del mundo deberían ser responsables de sus actos, pues cuando opinan sin cesar en contra de la política israelí con frecuencia reproducen una serie interminable de prejuicios anti-judíos que no hacen más que reforzar la conciencia ideológica de israelíes y judíos de que resistir en Israel es su única opción de supervivencia. “A fin de cuentas”, se dicen los defensores de la causa sionista, “hay mil doscientos millones de musulmanes en el mundo y hay más de una docena de países musulmanes (y muchos más con mayorías musulmanas), mientras que estados judíos hay uno solo, y muy pequeño; el anti-judaísmo es una larga tradición (claramente pre-israelí) y debemos defendernos”. Pero no, los “amigos” de palestina prefieren en muchos casos negar el genocidio nazi o justificarlo retrospectivamente con el presunto genocidio palestino (creo sinceramente que Israel no ha encarado una política realmente genocida en términos de masacres organizadas, aun en los peores momentos del conflicto, aunque soy más renuente a creer que no estableció políticas para el desplazamiento forzoso de la población árabe a lo largo de estos sesenta años, por esa razón destaco la presunción de otros sobre este hecho).
Claro, hay mucha gente que solo sale a reclamar que Israel detenga sus ataques. Si levantamos el dedo y decimos que lo hacen porque “son antisemitas” (expresión que en este contexto solo tiene sentido político) eso equivale a justificar toda operación israelí, incluso una como ésta, que le viene tan bien al gobierno de turno de cara a las próximas elecciones (previstas para el próximo enero) y que solo conseguirá extender a una nueva generación de palestinos el odio contra Israel.
He escuchado a muchos honestos sionistas sostener la tesis de que los palestinos, en el fondo, no quieren la paz, no quieren negociar; solo quieren esperar a que el peso de su crecimiento demográfico superior altere las condiciones políticas en la región. Creo que están profundamente equivocados. No niego que una fracción de la dirigencia política palestina oriente su estrategia en este sentido de largo plazo, pero es inconsistente con la mayor parte de las tácticas palestinas de lucha. Si la tesis fuera correcta, los palestinos deberían preferir una callada sumisión a las políticas segregacionistas israelíes, aguardando el momento de la victoria, cuando en la práctica se observa un arco de manifestaciones mucho más amplio y difuso. Creo que es está más cerca de la realidad decir que ambos bandos han perdido la capacidad de establecer estrategias claras, y eso es quizá el mayor obstáculo para la paz, pues todo lo que se haga estará mal para la parte opuesta y, más importante, para una amplia fracción de la propia. Todo, excepto la demagogia y el oportunismo: el misil, el “ataque quirúrgico”, el “pilar defensivo”. Estas cosas tendrán buena prensa en el bando propio. Mientras tanto, impera el embrutecimiento, el fanatismo, el pragmatismo abstracto (que es una forma actualizada de fanatismo) , el ciego amor por los “principios” que impide evitar la siguiente víctima.
Soy judío, pero la solución nacional de los problemas judíos, lo que se suele denominar sionismo (por favor, los que utilizan la palabra como insulto, sin saber a qué se refiere realmente, estudien un poquito; si aman la causa palestina, y no simplemente aman odiar a los judíos, estudien un poquito el tema), esta solución, decía, no es de mi preferencia. La considero legítima en su contexto, comprensible... pero creo que nunca fue la mejor idea. Ya lo he discutido en otra parte. No soy creyente y, por lo tanto, creo que la tierra de Israel, la propia Jerusalén... pueden amarse, pero no adorarse al punto de creer que valen más que la existencia propia de los seres humanos que componemos la judeidad ni la de nuestros vecinos en el planeta.
Soy judío, y estoy confundido ¿de qué me serviría mentir? Respecto de este conflicto perenne, estoy confundido. Culturalmente, no hay nada más cercano a la tradición judía que el Islam, ni hay nada más ajeno a nuestras luchas por sobrevivir durante los últimos quinientos años al menos que el conflicto con árabes y palestinos... y bastaron sesenta años para incrustar la historia judía en estos hechos, en estos debates, ¿cómo llegamos a esto, a justificar las muertes y la opresión de nuestros hermanos? ¿No es evidente la trágica ridiculez de todo este conflicto?
Y no hemos sopesado aquí el contexto: Siria, Egipto, Irán, Arabia Saudí, Turquía, en el contexto aun más amplio que es la reconfiguración de la economía mundial: EUA, la UE, China, Rusia, Japón, Latinoamérica, de la cual todos somos parte. Quienes ya me conocen la ven venir y dirán “No, no, no, no, otra vez va a empezar con la crítica del capitalismo... le va a echar la culpa al pobre capitalismo del conflicto palestino-israelí, nos va a importunar con su cháchara marxista para convencernos de que, como todos somos parte del capitalismo, todos somos parte del conflicto en medio oriente... ¡qué pesado!...” Pues sí, eso es exactamente lo que voy a hacer: porque creo que el sistema, al promover la compulsión a la ganancia, nutre el interés por la guerra y se nutre también de la guerra y la injusticia derivada de la guerra; porque creo que el sistema tiene mucho que ver con esta confusión ideológica y política que encierra a la gente (me incluyo en la categoría) en sus prejuicios y merma su libertad intelectual, y merma también su capacidad de ser agentes morales, ya que nos tiene ocupados en consumir y en ganar dinero para consumir.  
No estoy diciendo ninguna novedad, solo manifiesto una posición, una posición que se confiesa confundida en algunos aspectos... pero no en otros... no tolero los asesinatos, no admito la opresión, no consiento la desigualdad forzada ni el pragmatismo abstracto que anula los valores humanos. No me engaño, en este punto: estos valores son un invento, una creación ideológica, lo son. Pero son los valores que en su esperanza (la esperanza tal vez falaz que quedó en el fondo del ánfora de Pandora) me permiten sobrevivir a la vergüenza de pertenecer a este momento de la historia humana, en donde el interés ególatra y la estupidez parecen tener tantas cartas en la mano, dejándonos arena nada más entre los dedos.
Me despido con la transcripción de un mal poema que quiso expresar mi posición aquí; creo que al menos expresa mi confusión, mi desesperanza. No está escrito para la ocasión, es viejo, solo que ahora parece más oportuno.

Ay de Jerusalén

Eres la casa de piedra donde encuentro fundamento.
Eres mercado en los montes que trafican viejos sueños.
Eres ombligo del mundo. Una roca hay en tu centro.
Eres el puñal del padre que nunca cayó en mi pecho.

Eres muro soportado por los fantasmas de un templo.
Eres camino de cobre hacia las ruinas del reino.
Primogénita del alba. Bóveda de los recuerdos.
Puerta al campo de batalla. Cuervo que vuela sediento.

Olvidaría mi diestra para robar un silencio
A tu memoria cautiva de la guerra entre tus pueblos.
El genocidio pasado no se cierra en nuevos muertos
Ni justifica su mancha este amanecer sangriento.

Porque te quiero en justicia, sin justicia no te quiero.
Porque no quiero tu cielo si no está limpio tu suelo.
Porque tu historia no vale esos hijos del acero.
Porque en la paz entre iguales vive mi dios verdadero.

Puedo ser en tu muralla partisano o macabeo,
No soldado que nos haga asesinos y herederos.
Jerusalén madre y tiempo, imagen del universo.
Pero, aunque soy Israel, hijo de Eva soy primero.