viernes, 19 de agosto de 2011

¡El partisano (Cultural) evoluciona!

Mi querido blog de asuntos judaicos ya tiene web site: visítelo, suscríbase (no se cómo se hace) haga sugerencias, descargue y comparta los materiales. es más accesible para la lectura (cuando escribo más de la cuenta) y supongo que los archivos en PDF serán más fáciles de imprimir.
La dirección es: https://sites.google.com/site/elpartisanocultural/home
¡Gracias!

miércoles, 17 de agosto de 2011

La identidad y la autenticidad: ¿necesitamos la religión?


Hace unos meses fui partícipe de una charla en la que se debatió la relación entre una familia judía/multicultural (según se mire) y las instituciones religiosas judeo-argentinas. La familia en cuestión muestra unas características particulares para este tipo de casos. Ambos padres tuvieron cierta educación judía y participaron en su juventud en instituciones judías reconocidas. Una vez casados, tuvieron dos hijos. La cuestión es que, cuando quisieron contraer matrimonio religioso, les fue difícil encontrar un rabino que oficiara la ceremonia, porque la mujer (que hasta ese momento había vivido como cualquier joven judía de clase media-alta) era hija de padre judío y de madre no-judía. En consecuencia, se le exigía a la mujer la “conversión” al judaísmo para que el enlace pudiera realizarse según la norma religiosa. El caso es particular, porque la mujer no sólo nunca se había identificado a sí misma como no-judía, y sin duda era la más interesada de la pareja en la cuestión, porque su marido no expresaba vocaciones religiosas muy marcadas.
Pasado el tiempo, este caso se suma a la pléyade de ejemplos que marcan la tensión entre el judaísmo cultural argentino (aquel que no se vincula permanentemente a contenidos religiosos) y el judaísmo conservador-ortodoxo, que ha mostrado una creciente tendencia al fundamentalismo, al mismo tiempo que ha conseguido cierta hegemonía en muchas instituciones judeo-argentinas, más que por virtudes propias, por la notabilísima debilidad del resto de las organizaciones judías.
Por mucho que se defienda el multiculturalismo, es necesario aceptar que el conservadurismo religioso expresa mucho mejor la “imagen” de la identidad judía y, de alguna manera, existe en este sector una referencia para los judíos más laicos. Es una relación de afecto y rechazo que se canaliza en cierta sumisión y cierta dependencia. La debilidad del judaísmo laico conlleva una subordinación auto-infligida hacia el judaísmo religioso, una tensión entre el “deber ser” y el “querer ser”.
Con mucha frecuencia he criticado esa actitud conservadora que hace al judaísmo religioso contemporáneo tan reactivo, pero ahora me gustaría señalar la otra parte de la historia, contenida en la pregunta ¿por qué los judíos laicos necesitamos de la ortodoxia para validar nuestra condición judía? O ¿por qué necesitamos de su aprobación para sentirnos auténticos?
Creo que el verdadero problema radica en la debilidad cultural de los judíos laicos o reformados, sean creyentes o no. A fin de cuentas, el rabino y sus adeptos no son sacerdotes, sino funcionarios civiles: no tienen una relación con dios más cercana que otro judío cualquiera y, si conocen más las tradiciones y costumbres, las normas y los reglamentos judíos, es simplemente porque las han estudiado más, y no porque recaiga en ellos una elección divina inherente. El rabino no nace ni se hace: se prepara para ser rabino y aplica la legislación escrita y la consuetudinaria de acuerdo a determinadas interpretaciones.
En este sentido, no parece que su manera de entender el judaísmo sea superior a la de otro judío cualquiera. Sólo que esos contenidos judíos son una parte más importante en su existencia en términos relativos: involucra más restricciones y más obligaciones pero, curiosamente, no otorga de por sí ningún derecho de decidir sobre judaísmo de otro... a menos que ese otro deposite en él ese poder. La tradición judía es tan antigua y ha atravesado tantas vicisitudes y condiciones históricas y sociales a lo largo de los siglos, que nadie puede, en buena y honesta ley, decidir las características que debe tener el “auténtico” judaísmo.  
Que un matrimonio que en su vida cotidiana vive un judaísmo completamente modernizado necesite una rúbrica tradicional para su enlace expresa una tensión que se explica culturalmente en el ocaso de las culturas tradicionales que es tan propio del capitalismo, un sistema que todo lo convierte en mercancía, lo abarata, lo facilita y lo descarta por otros consumos. En este sentido, aunque la ortodoxia es más resistente que el laicismo, no es en lo absoluto inmune a los cambios, de tal manera que la decisión de la identidad judía, el adentro y el afuera es, en última instancia y también en primera instancia, una cuestión política e ideológica, una relación de poder.
En la conversación a la que hice referencia mal comienzo de estas líneas se planteó precisamente esta respuesta: sí se quiere un matrimonio convalidado por un rabino conservador u ortodoxo, deben aceptarse las reglas impuestas por éstos, sin que nada pueda imputárseles... excepto una pobreza de visión hacia lo judío. En mi opinión, si un rabino no es capaz de encontrar los aspectos que permitan a las familias permanecer en el judaísmo... lo que ocurre es que es un rabino pobre de espíritu judío, lo cual es quizá una pena, pero no un delito. La ley judía ha tenido tantas interpretaciones a lo largo de su historia, que nada hay más fácil que buscar una respuesta dinámica a un problema, de tal manera que no sea necesaria la impiedad de exiliar a niños de familias judías o medio-judías de una comunidad basándose en una reglamentación tan escasa de fundamento como es la consanguineidad (siempre mezclada con supuestos más o menos religiosos, pero escasamente racionales).
YO, que no creo en el dios de Moisés ni en ningún otro, que me negué a realizar mi ceremonia de Bar Mitvá por motivos ideológicos, que no me casé con un rabino adelante y no me importó, que no cumplo conscientemente ninguno de los seiscientas trece preceptos  y que como cerdo y ternera con leche y nunca asisto a la sinagoga si no es por otras personas YO, soy considerado judío por un accidente biológico. No importan mis estudios judaicos, mi militancia pasada en organizaciones judías, mi interés por conservar la vida judía en lo que se pueda, sólo importa ese accidente.
OTRO, que cree en las palabras del dios del Pentateuco, que quiere que sus hijos celebren su Bar Mitvá, que hizo un enorme esfuerzo para casarse bajo la Jupá y que intenta comprender y celebrar lo judío en muchas otras formas y querría pertenecer a la comunidad que lo/la rechaza (y lo mismo hacen con sus hijos). Esa persona que judaiza su vida no es considerada judía por un accidente biológico equivalente. Nada más importa, de la misma manera que una serie de rituales sencillos de conversión garantizan un ingreso a la comunidad que nada dice las auténticas condiciones judaicas de la persona. La identidad es, como siempre, una cuestión de crisis y en crisis.   
Sin embargo, creo que la responsabilidad principal no recae en la fuerza o la tozudez de la ortodoxia, sino en  la patente debilidad de las formas judías más moderadas para comprender y desarrollar sus propios principios de vida comunitaria. Hace treinta años, en Buenos Aires, el comunitarismo laico y el sionismo eran formas extendidas (creo que hasta mayoritarias) de identidad judaica. Hoy, por el contrario, se encuentran como peces sobre las rocas, saltando desesperados para conseguir algo de oxígeno y de humedad. Su crimen no será, tal vez, el fundamentalismo, sino más bien el conformismo de dejar que otros definan la identidad y los contenidos del judaísmo y, sobre todo, un elitismo clasista que ha ido mermando la solidaridad y la participación.
Poseo desde hace poco tiempo una pequeña joya en mi colección bibliográfica: con arcaica y emotiva terminología marxista, desde sus páginas el extinto Abraham León desarrolla una “Concepción materialista de la cuestión judía” que me arranca una doble lágrima: de pena y de nostalgia. Su libro merece un comentario particular, que realizaré cuando tenga ocasión. Pero una parte de mi consciencia, en este caso sociológica y judeológica a la vez, me advierte que a la nostalgia y la pena puede superponérseles el miedo: sí la tesis de León es cierta, poco podemos hacer. Espero que se equivoque, espero equivocarme también yo.

domingo, 7 de agosto de 2011

El “terrorismo” como ocultamiento o, como pensar los conflictos de manera inteligente

Esta misma madrugada (cortesía del Dr. S. Filiba) leí un artículo de Alan Dershowitz titulado: “La intolerancia de Noruega” (http://www.aishlatino.com/a/s/126567653.html), en el cual se discute con bastante propiedad unas polémicas declaraciones del embajador de noruega en Israel y, más en general, el antisemitismo y antisionismo que el autor considera muy presentes en la sociedad noruega, que sufriera recientemente de hechos calificados de “terroristas”. En un sentido muy amplio, la tesis que se discute es la que diría que, como reza el subtítulo del artículo, los ataques terroristas contra Israel están más justificados que los ataques terroristas contra Noruega.
La tesis subyacente del autor parece indicar lo siguiente: el antisemitismo latente en la sociedad Noruega no le permite “comprender” que todo ataque terrorista es malo en sí mismo, y que no puede haber uno más justificable, o tan siquiera comprensible, que otro.
No estoy seguro de no repetirme con esta especie de respuesta, pero considero que el artículo encierra un problema que se ha convertido en fundamental en la perspectiva política de nuestros días, tanto a niveles locales como nacionales pero, fundamentalmente, a nivel de las relaciones internacionales. El problema del que hablo es el de la mala comprensión de la realidad que incorporan los términos como “terrorista” y “terrorismo”.
En mi opinión, son dos de los términos más y peor utilizados para describir los conflictos sociales y políticos, y el problema específico es que simplifican y tergiversan la lectura de situaciones complejas para que sea más fácil la descripción de un problema en términos puramente ideológicos, mientras que el problema general consiste en que divide la realidad en términos morales absolutos e irreconciliables lo cual, en otras palabras, implica decir que se trata de conflictos en donde no es posible llegar a un disenso, a una diferencia de opiniones que pueda conducir a acuerdos y consensos posteriores. Cuando se asigna a una parte el mote de “terrorista”, generalmente eso significa una anulación política de esa parte, una negativa a entablar negociaciones con ella. Por extensión, con el “terrorista” no se debe debatir, sólo se lo puede “neutralizar” o eliminar.
En particular, en el artículo de Dershowitz se mezclan bajo el nombre de terrorismo dos situaciones de naturaleza política y social muy diferentes, y narradas de manera bastante parcial. Pero el problema es que la palabra terrorismo despolitiza las situaciones: el autor o autores de los atentados en Noruega es un extremista de derechas, más o menos alienado, incapaz de participar en el juego político, mientras que los atentados de Hamás contra Israel están circunscriptos en una lógica de violencia regional que se derivan y se instalan en décadas de un conflicto entre sociedades enfrentadas por desacuerdos muy importantes.
Nada de esto implica negar mi desagrado ante el hecho específico de la violencia, especialmente de aquella que afecta a la población denominada civil. Pero eso oculta también que la violencia adopta muchas formas, no sólo la armada: también existe violencia económica, violencia política, violencia social.
Dershowitz recuerda el “terrorismo” árabe contra la colonia judía en Palestina en 1929, lo cual da una lectura completamente parcial del conflicto en la época y olvida limpiamente que también los colonos judíos, además de las fuerzas de autodefensa, organizaron cuadros contra los representantes del gobierno británico cuando la política imperial, precisamente a causa de los conflictos desatados por su propia ocupación y por el crecimiento de las colonias judías, decidió restringir el crecimiento de la colonia judía en Palestina. La condena posterior del sionismo oficial del grupos como el LEHI, fundado por Stern, no puede ocultar su existencia real.
Es necio ocultar que la violencia ocurre. Pero es necio también pretender ocultar bajo un nombre, el de terrorismo, el enfrentamiento político, las razones de las partes. Cuando se analiza la palabra terrorismo, habrá que pensar que lo único que persigue el terrorista es el terror en sí mismo. Esto es absurdo, los militantes individuales y grupales catalogados como terroristas tienen siempre unos objetivos políticos más o menos claros o evidentes, pero siempre presentes. Incluso los alienados mentales que disparan y atacan a la población civil tienen objetivos políticos, aun cuando sean dictados por su delirio.
Por eso, la pregunta de qué terrorismo o ataque terrorista es más justificable que otro, parece no tener otro sentido que el de mantener abiertos los propios conflictos, no sólo porque no se sepa cómo resolverlos, o por falta de voluntad para negociar, sino porque existen intereses que se alimentan vorazmente de los conflictos. Al mismo tiempo, si se condena la violencia desde una posición universalista (la abominación de la violencia por su propia calidad de vulneración de los derechos y los seres humanos) es necesario que se condenen a la vez todas las formas de violencia organizada. Porque es absurdo intentar imponer a poblaciones oprimidas y pauperizadas, explotadas y expoliadas, una especie de gusto innato por la no-violencia.
Todo esto no quiere decir que Dershowitz en su artículo no tenga razón en condenar la posición política de estado y de una parte importante de la población noruega, o su latente o expuesto antisemitismo, sino simplemente que cae en el mismo error que pretende condenar. Al censurar la actitud bipolar o errática de Noriega frente al terrorismo, se engaña a sí mismo, porque utiliza la misma lógica, pero a la inversa, que es precisamente lo que hacen las partes que no quieren negociar y dejan la resolución del conflicto a la historia y a la fuerza bruta establecida entre las partes.
Para los propios judíos, y no sólo los israelíes y sionistas, la cuestión es complicada por demás, porque se establecen círculos viciosos de interpretación de la realidad que afectan su propio auto-reconocimiento. Sí la condición judía sólo pasa por la resistencia frente al antisemitismo y, además, se comprende como antisemita o anti-judía cualquier posición diferente a las políticas de estado de Israel, todo lo que queda del judaísmo es una defensa corporativista y bastante totalitaria de una coyuntura política, de tal manera que el judaísmo queda degradado de cultura milenaria a mero movimiento político, que es parte de la gran trampa histórica del nacionalismo. Porque un movimiento político sólo es coyuntural, no permite establecer bases culturales sólidas para proyectarse hacia el futuro: Sí mañana desaparece el conflicto árabe o palestino-israelí, sí se supera el antisemitismo noruego y el de todo otro lugar, ¿qué quedará del judaísmo? De hecho, ¿qué sentido tendría la existencia de un estado-judío en esas presuntas condiciones? Llegado el caso, ¿debajo de qué piedra deberemos salir a buscar a los anti-judíos que den sentido a nuestra existencia judaica?
 Incluso sí se considera que un terrorista no es más que una especie de enfermo mental armado, ¿qué sentido tiene tratarlo con falta de humanidad? ¿Qué sentido tiene alimentar esa locura que lo invade corroborando su demencia con actos de violencia por nuestra parte? En las últimas dos décadas he visto crecer el discurso sobre el terrorismo y su enorme capacidad para ocultar realidades políticas complejas y difíciles. No veo de qué manera la respuesta militar a los atentados en Nueva York, en el año dos mil uno, que incluyó la invasión de dos países que se debaten todavía en virtuales guerras civiles, ha sido una verdadera “guerra contra el terror”, tampoco veo como espera el estado de Israel terminar con el “terrorismo” palestino oponiéndose tenazmente a la definitiva organización política de un estado palestino autónomo e independiente.
Pero lo que más me preocupa es la creciente incapacidad de pensar las realidades sociales de otra manera que no sea la oposición entre partes naturalmente irreconciliables. En el transcurso de la historia hemos visto crecer muchas veces estas formas de recíproca intolerancia. Los judíos, particularmente, no deberíamos olvidarlo.

martes, 2 de agosto de 2011

¿Necesita Israel perder una batalla?

Probablemente, a mediados de septiembre la Autoridad Nacional Palestina solicitará a la ONU la creación del estado palestino. Aunque la fuerza diplomática israelí consiga detener la moción, poniendo en consideración la fragilidad presente del sistema económico mundial y el peligro (real o imaginario, nuclear o ideológico) iraní, agregados a la volátil situación de la región (en realidad, de Marruecos a Paquistán nada está en calma), el resultado de una “victoria” en este sentido es más relativo que nunca.
La autoridad nacional palestina sostiene que Israel se niega negociar entre partes (como sostendría el viejo mandato de la ONU) replicando los asentamientos en los territorios bajo ocupación. Necesito que alguien me explique por qué esto no sería cierto: Israel dice que quiere la paz hundiendo cada vez más profundamente el dedo en el ojo del adversario, sin ninguna prueba de que eso contenga el “terrorismo” palestino, que llega desde una zona, la Franja de Gaza, que el propio gobierno israelí decidió desalojar de colonos. Tal política puede llevar a algún observador suspicaz a sostener que Israel pretende que el estado palestino se circunscriba sólo a la Franja de Gaza, anexando de hecho Judea y Samaria. Sólo que allí, en la Franja reside la mayor fuerza de Hamas, partido al que reclama el reconocimiento del derecho a la existencia como condición previa a toda negociación... de modo que todavía no habrá tampoco negociación. Esto, añadiría el observador suspicaz, daría más tiempo a la política presuntamente anexionista israelí.
Lógicamente, Israel no quiere  que la ONU imponga la existencia del estado palestino (silbando bajito cuando se le recuerda que el estado judío fue creado de la misma manera, en contra de la posición de todo el mundo árabe, que sostuvo en su momento que la ONU no tenía entre sus fines ni entre sus prerrogativas la creación de estados nacionales). Sin embargo, tal vez este fallando la lógica estratégica en este sentido. Ya se ha argumentado a favor de la existencia de un estado palestino en términos humanitarios. Daré ahora una perspectiva geopolítica de la cuestión.
Normalmente, como no sabemos nada cierto del futuro, decidimos qué hacer cuando nos orientamos desde el presente en función de tendencias, que en el plano internacional se retratan como posibles escenarios. En este sentido, el más despistado lector de la situación mundial tiene que percibir que el mundo globalizado está tensando la cuerda de un cambio de hegemonía. Estados Unidos y Europa están perdiendo poder relativo, de tal manera que Israel, que incluso en el festival de Eurovisión y en los torneos internacionales de Fútbol y Basquetbol es parte de Europa, está apostando, en alguna medida, al caballo más lento. No tengo idea de cuáles son las actuales relaciones comerciales israelíes con las potencias emergentes más cercanas (India, China y Rusia) pero seguramente no son tan importantes como para que Israel les ofrende su tecnología militar de precisión, ni tampoco este intercambio superaría la importancia del control de las regiones petrolíferas, que alimentan el crecimiento de algunas de estas potencias.
No está tan claro como creen algunos que estas potencias emergentes vayan a desplazar indefectiblemente a las viejas potencias, pero es más que probable que las cosas ya no vuelvan a ser como en la edad de oro del capitalismo y el posterior auge del neoliberalismo occidental. En este sentido, podemos preguntar cómo está preparándose Israel, con sus victorias militares y diplomáticas presentes (porque mantener la ocupación y que nadie lo sancione por ello es ya una gran victoria), para este cambio en el sistema hegemónico mundial.
Mirando hacia el pasado, recordaremos que Israel pudo ser creado precisamente por un “cambio de viento” similar. En primer lugar, la primera guerra mundial vino a terminar con potencias de aquellos días, como eran los “imperios tradicionales”, entre los que se contaba el imperio otomano, que gobernaba la región cuando este cambio de viento entregó la zona a las nuevas grandes potencias: Francia, Inglaterra y, en menor medida, Rusia. Más tarde, el periodo de entreguerras mundiales, que fue también para el mundo occidental el periodo de mayor crisis capitalista (hasta este último tramo, que ha comenzado a mediados de la década pasada y nadie sabe cuándo ni cómo terminará) marcó el cambio de timonel de la economía capitalista del imperio británico a los Estados Unidos. En todo caso, fue en aquel contexto, de profundos cambios en la situación geopolítica y las relaciones internacionales, que el sionismo político triunfó en la creación de un asentamiento judío en Palestina lo bastante importante como para sentar las bases del estado de Israel.
Sólo que el viento actual no tiene un rumbo tan claro. Inserto en el mercado capitalista mundial, Israel debe hacer frente también a la crisis del sistema, porque un mercado capitalista retraído no es un buen panorama para su economía doméstica (aislada parcialmente de su entorno y muy pequeña en términos relativos)y la inestabilidad de la región no contribuye a que se visibilicen nuevos mercados potenciales próximos aunque nello anule amenazas militares inmediatas.
Se arguye que sí Israel negocia la creación del estado palestino “sin garantías” corre un riesgo intolerable, porque se legitimaría a organizaciones “terroristas” y se reforzaría la indefensión de las fronteras. Pero esto es miope. Lo cierto es que, por un lado, a Israel se le van debilitando los garantes progresivamente y, por otro lado, no hay mejor garantía para la subsistencia de Israel que un estado palestino interesado en los beneficios de la ampliación y sustentación de los mercados locales. Lamentablemente, no hay ningún indicio de un cambio de política israelí en este sentido, e incluso es posible que sea demasiado tarde, porque la crisis ya está afectando a la economía israelí de manera consistente, lo cual agudizará las tensiones con la población palestina y entre las fuerzas políticas palestinas porque, a pesar de los propios discursos palestinos, la integración económica con Israel es, de hecho, demasiado fuerte como para ignorar que una retracción en la economía israelí afectará negativamente el desenvolvimiento de los mercados entre los palestinos.
No obstante estas clarísimas advertencias, Israel sigue ganando cada conflicto e imponiendo condiciones difíciles de cumplir, retrasando una solución pacífica durable que estabilice  la región. El gran problema de la “victoria persistente” es que crea en el vencedor el mal hábito de no hacer concesiones, quizá para que estas no sean interpretadas como signo de debilidad (algo que los mal informados agentes ideológicos adversarios seguramente harían). Estos malos hábitos van mermando la capacidad adaptativa de Israel en materia diplomática y las posiciones conservadoras y reaccionarias terminan por triunfar, porque cualquier desajuste en el proyecto pacifista (aunque sean cuatro cohetes que caigan en un descampado) es interpretado rápidamente como una “prueba contundente” de que la paz no es todavía posible, lo cual refuerza la sensación de victoria y la salvaguarda del arbitrio sobre el “momento oportuno” para negociar, que nunca llega, mientras se ejercen políticas de ocupación y expoliación que empujan todavía más el horizonte de entendimiento.
Decía yo en un artículo anterior sobre este tema que el derecho a existir de los estados es, sobre todo, una cuestión de fuerza relativa.
En este caso, la superior fuerza relativa se ha convertido en un problema. Israel posee, efectivamente, la capacidad de impedir la creación de un estado palestino, capacidad que se apoya en la “victoria persistente” sobre sus adversarios regionales en el plano local y en el plano global. Pero aquí radica el gran peligro. Sí cambian definitivamente las condiciones geopolíticas globales, una única gran derrota puede ser tan destructiva como definitiva.
Es posible pensar no uno, sino muchos escenarios en los cuales la posición israelí se debilite de manera consistente pero, ello no obstante, la política israelí parece seguir siendo guiada por una prepotente sensación de exitismo.
Considerando este contexto, cuando Argentina y Brasil, por ejemplo, han sentado posición apoyando la creación internacional de un estado Palestino, me permito preguntar si no sería conveniente para Israel comenzar a sufrir algunas derrotas. Porque, por el momento, estas serían diplomáticas, y no militares, y permitirían reencauzar una diplomacia local completamente viciada por la desproporción entre las partes.
Algunas derrotas diplomáticas, alguna presión internacional seria podrían reencauzar el proceso, forzando a Israel a negociar con seriedad y previniendo una gran derrota futura. Sin embargo, el propio proceso que debilita los apoyos externos de Israel aleja también la posibilidad de que ello acontezca: Europa y Estados Unidos están bien ocupados intentando mantenerse en pie ante la marea de cambios geopolíticos y, por el momento al menos, las potencias emergentes no muestran interés por inmiscuirse en los asuntos de Oriente Medio.