miércoles, 28 de septiembre de 2011

Cuentito para Rosh Hashaná (de Ezequiel Fleisch)


No hay olivos en Raisiniai

“El hombre –leía Eliezer a su grupito de estudiantes– es apenas una hoja de olivo que es arrastrada por las olas y las mareas, por todos los océanos del mundo.” El pequeño Penia, que era hijo del carpintero cristiano, fue el único de los niños que se atrevió a preguntar: “Pero, rabino –Penia llamaba rabino a todos los judíos mayores que él, aunque no hubieran cumplido siquiera con su Bar Mitzvá– ¿qué le pasa a la hoja de olivo si el mar la arroja en la arena como hace el Dubysa con las barcas abandonadas?” “Ah, Penia –contestó Eliezer– sabemos que el hombre es la pequeña hoja de olivo, pero todavía no sabemos qué representan los océanos o el mar... ayudemos a Penia, digan los demás qué es el océano” “El océano representa las tribulaciones de los hombres y las injusticias que cometen unos con los otros–dijo uno de los niños mayores, en el que se notaba ya la influencia de socialismo político” “El océano representa la misteriosa voluntad de dios, que se esconde en sus preceptos –dijo Mindel, el hijo del piadoso Ibrunas” “El océano es todo lo desconocido y que nunca conoceremos del todo–dijo Annia Tilit, jugando, como siempre, con su larga y negra trenza” “¿Qué pasaría entonces con la hoja arrojada a la orilla?” “No podría mejorar el mundo y hacerlo más justo” “No podría acercarse nuevamente a la voluntad de dios, pues no podría estudiar la ley” “No podrá ya conocer cosas nuevas, ni aprender nada” Petia intentaba comprender, quería entender con tanta fuerza que gruesas lágrimas asomaron en sus ojitos “¿Y no puede ser –dijo finalmente, sollozando– no puede ser que la hoja esté feliz solamente con viajar, y que salir del agua sea para ella una nueva aventura y también sea feliz?” “Todo puede ser, Penia, un hombre que viaja feliz, aprendiendo cada día nuevas cosas, comprendiendo las razones de dios o del universo y mejorando y haciendo más justa la vida de la gente... todo puede ser...”  Cuando la clase de aquél día terminó, el maestro Eliezer Durinis se quedó fumando una larga pipa, al salir vio que en la orilla había dos pequeñas sombras recortadas en el sol que se apresuraba a ocultarse en esa tarde de otoño, del gélido otoño lituano. Se acercó para ver y reconoció a Penia y a Annia Tilit en cuclillas muy cerca del agua. La niña tomaba cuidadosamente unas hojas secas y las depositaba con delicadeza en el agua de la orilla, de donde la corriente lentamente las despegaba y las arrastraba. Penia, en cambio, parecía buscar algo con algo de desesperada concentración. Eliezer sintió mucha curiosidad por la actitud del chico, pero Annia Tilit, enojada porque su pequeño compañero no parecía ayudarla con su importante tarea, lo sacó de la duda “¡Penia, tonto, aquí en Raisiniai no tenemos olivos!”.

¡El partisano (cultural) les desea a todos un buen año 5772!

martes, 20 de septiembre de 2011

El ciclo ideológico judío y la posibilidad del estado palestino: una balada pesimista para el año que se aproxima


Aunque no tengo, realmente, algo nuevo para decir, hay cosas que, al parecer, deben ser repetidas. No servirán como argumentos, sino como presencias discursivas porque, para los seres humanos y sus derechos, lo que no se dice, simplemente desaparece.
Los judíos lo comprendemos perfectamente cuando nos referimos al genocidio nazi. Nos escuchen otros o no, nos crean o no, nos guste o no, la presencia que le damos a este acontecimiento histórico en nuestras vidas nos define y esta presencia se realiza en modos de recordación que derivan en modos de acción coherentes con las premisas instaladas en el recuerdo. Los siglos pasarán y, si continuamos existiendo, este elemento encontrará su lugar en la memoria mítica o se perderá. No es sensato asegurar nada, por muy fuerte que sea este recuerdo en la actualidad. La mayor parte de los judíos contemporáneos no registran en su memoria ni en su identidad el resultado de las guerras judeo-romanas, por ejemplo.
Actualmente, los modos de acción vinculados al genocidio nazi tienen, mucho más que un carácter de advertencia sobre la situación de debilidad política, un carácter de justificación sobre la acción política del estado de Israel. Ya no odiamos a los alemanes, no les tememos a los alemanes actuales y, sin embargo, el genocidio originado por éstos (aunque no exclusivamente desarrollado por ellos) refuerza la convicción nacional judía de manera genérica, pero también contundente. Al mismo tiempo, olvidamos limpiamente otros pasados, en los cuales las cercanías del judaísmo y el Islam hicieron que la cultura judía tuviera una vastísima influencia en una cuarta parte del mundo que hoy llamamos “de la edad media”.
No es tampoco la primera vez que recordaré que el Islam es una versión particular del judaísmo, y que podría llamarse con tranquilidad judaísmo-coránico (o mahometano), como hay un judaísmo jasídico, un judaísmo talmúdico, un judaísmo cabalista , un judaísmo laico o, incluso, un judaísmo indefinible (en mi caso sin utilizar groserías) que explora el matrimonio entre la religión y el utilitarismo más extremo. No hay muchas razones culturales totalmente convincentes para excluir a más de un billón de personas del judaísmo, aunque si hay fuertes razones políticas y materiales para hacerlo.
En el pasado casi mítico del fin del reino davídico unificado, Las tierras de Judea y Samaria se dividieron en dos reinos rivales y hermanos, cuya rivalidad perduró hasta la destrucción del segundo. El reino del norte, destruido primero, albergaba, según el mito, a diez tribus de Israel. Hoy nadie intenta identificar a un nativo de Manasés o de Sebulón y separarlo de un nativo de Judá o Benjamín, no reconocemos a nuestros ancestros moabitas, a nuestros hermanastros calebitas, a los nabateos,  hermanastros adoptivos aparecidos en el seno del judaísmo luego de las campañas de los reyes asmoneos. Historia perdida, ejemplos para mi tesis: lo que no está en la memoria, se extingue, y se extingue porque ninguna consecuencia práctica puede desprenderse de esos vacíos y que sea registrada por el futuro inmediato.
Sí es memoria, en cambio, el viaje mítico de Abraham y de las huestes de Moisés a Canaán, acontecidos (en la memoria mítica, insisto) siglos antes de la división de los reinos, de la reconstrucción persa, de las guerras con Roma del triunviro Pompeyo al emperador Adriano. En consecuencia, igual que acontece con la memoria personal, la memoria cultural desoye el orden cronológico y se adapta a los intereses del momento, sean estos políticos, diplomáticos, culturales o de otro tipo.
Hoy el gobierno del estado de Israel olvida la dureza de su propia fundación y desarrollo, casi increíblemente, porque esa etapa heroica y pionera es su prédica principal para la fundación del “nuevo judaísmo” nacionalista que pretende encarnar. Está atrapado, claro, entre la imposibilidad de aceptar a los palestinos en iguales condiciones nacionales, aceptando las fronteras de 1967 y la imposibilidad de declarar la anexión de los territorios. Por eso intenta bloquear al mismo tiempo el diálogo con los palestinos con nuevos asentamientos y el pedido de los palestinos ante la ONU, defendiendo las negociaciones directas. Ya lo he dicho. En mi opinión, sólo una derrota diplomática puede salvar a Israel de sí mismo.  
Está claro que, sin otra cosa que la sanción de la ONU del estado palestino (sin contar los previsibles “vetos” en el consejo de seguridad), Israel no cederá Jerusalén oriental, no expulsará a sus propios ciudadanos de los asentamientos de Judea y Samaria (las actuales, las que ocupan los palestinos pauperizados por décadas de conflicto) ni, mucho menos, aceptará dentro de sus fronteras a los varios millones de refugiados palestinos. También lo he dicho: los estados se crean a partir del poder, no de los derechos.
Sin embargo, aquí está el mundo cambiando inevitablemente, con las potencias emergentes ajenas a los problemas de oriente medio (de la parte en la que no hay petróleo ni mercados para ellos, claro está) y las viejas potencias centrales boqueando en sus peceras pobres en oxígeno (que es la ganancia capitalista). Aquí está esta extraña y desconcertante “primavera árabe”, aquí está el nuevo rol de Turquía como potencia regional, aquí están los EUA retirando sus fondos de Afganistán y de Irak para reducir su déficit y dejando atrás a la presa perdida y tonificada: Irán. Egipto oscila todavía en convulsiones violentas de la caída (y aliada) dictadura de Mubarak, el hijo del viejo enemigo sirio no consigue tranquilizar su país y la guerra civil engulle Libia (donde sí está la OTAN, barruntando intereses petroleros).
Ante este caos, la memoria debe reinventarse y, nunca más que en estas situaciones, se presentan a la vista sus flagrantes contradicciones con la historia efectiva. Ahora Israel deplora la “unilateralidad” nacionalista palestina, como si su propia etapa pionera no hubiera estado marcada por la unilateralidad del imperialismo inglés y de los padres fundadores del estado y del movimiento sionista. No obstante, el problema se instala en que las maniobras con la recreación de la memoria son limitadas, a tal punto que la verdad histórica conocida debe verse truncada rápidamente en función del interés político inmediato.
Por supuesto que las decisiones de la autoridad palestina son arbitrarias pero, al margen de las posibles sensaciones personales que puedan tener las autoridades palestinas, aun suponiendo que nada se hiciera las cosas terminarán por cambiar. Imaginando que los palestinos “entran en razón” y abandonan sus pretensiones ante la ONU, imaginando que aceptan definitivamente la existencia del estado de Israel y su derecho a existir dentro de las fronteras actuales, retirándose a Gaza en masa, imaginando que renuncian a toda pretensión sobre Jerusalén, destruyen todas sus armas y planes terroristas, imaginando todo eso, ¿qué haría, entonces, Israel?
Todos los generales del mundo antiguo sabían perfectamente lo que debían hacer cuando perdían una guerra, pero muy pocos sabían hacer qué hacer cuando la ganaban, razón por la cual los generales victoriosos se convertía frecuentemente en los nuevos enemigos a vencer. A Israel le pasó lo mismo: ha ganado la guerra en 1967, pero no supo administrar la paz (la paz armada en la que era el amo) y ha dejado el tiempo correr en esta situación indefinida de ausencia de guerra y ausencia de paz con el pueblo palestino, la gente de afuera de Israel que no es de otro país. Probablemente sin proponérselo, se ha convertido en una potencia opresora y en un estratega enamorado de su propia leyenda bélica, que ya no reconoce otra dinámica guerrera más que el coraje y la embestida, mientras teje su propio laberinto.
En estas circunstancias, no quedan muchos expedientes para abrir, ni rutas para la paz que no impliquen considerables renuncias. Sólo que las renuncias son de dos tipos: se puede renunciar al territorio y al dinero, al orgullo y a los frutos de la victoria... o se puede renunciar a la consideración por derechos de los seres humanos y las necesidades e intereses de los pueblos... no solo de los otros, sino también de los propios. Dicho en forma plana y brutal, para muchos resulta mucho más fácil renunciar a sus valores que a los frutos de la victoria.
No tengo otra respuesta que presentar una posición moralmente maximalista: no importa que el reclamo palestino sea improcedente en términos de derecho internacional, no importa que el relato histórico israelí sea más exacto que el palestino, no importa lo malos que hayan sido en intenciones o en acto con los judíos (a fin de cuentas, perdonamos a los alemanes, a los polacos, a los cosacos, a los franceses, a los españoles, a los ingleses), sólo importa que tan buenos pueden ser los israelíes con los palestinos. No se trata de rendirse, pues la guerra se ha ganado ampliamente, se trata de aceptar los humanos derechos de nuestros ancestrales hermanos y sus pretensiones de auto-determinación.
El gobierno israelí, probablemente la ideología predominante en Israel y en la judería mundial, no pueden aceptar semejante ñoñez política, porque el pragmatismo más básico indica que, lamentablemente, a veces hay que dejar que el otro muera para que uno viva. ¡Somos nosotros o ellos! Es su muerte o la nuestra, su pobreza o la nuestra, nuestra dominación o la suya. Muchos creen que, en realidad, no hay más opción que ser crueles con los palestinos y, evidentemente, esa es la tónica del actual gobierno en Israel.
Por esta razón considero que la ONU debe considerar seriamente intervenir en la situación, apoyando la aceptación del estado palestino (que ya tiene una consistencia semejante a la que tenía el estado de Israel a partir de los primeros años de la década de 1940, es decir, antes de su “aparición” como estado soberano ante la ONU). Las fronteras cambian, ese es el menor de los problemas aquí. La demografía cambia. Ese es un problema para Israel, pero no hay respuestas para ello dentro de los márgenes jurídicos del estado-nación, algo que los fundadores del movimiento sionista (y la gran mayoría de los actuales sionistas) fueron incapaces de apreciar.
Y, entretanto, dentro y fuera de las fronteras israelíes (las actuales, las de 1967, las de 1948, no importa cuáles) el judaísmo languidece, su cultura se muere lentamente, asfixiada por el mercantilismo, el clasismo, el elitismo y el consumismo que desgarran las culturas contemporáneas en cómodas tiras de transacciones. Como Israel, las potencias capitalistas no supieron administrar su triunfo sobre el socialismo de estado (hoy, si Barack Obama quiere subir las tasas impositivas a las grandes riquezas, es acusado de socialista), pero ya antes habían comenzado a perder la guerra secreta, la guerra que libran las culturas contra la extinción de los valores que hacen a la vida humana digna de ser vivida y humana en un sentido que no sea biológico ni peyorativo, sino positivo y moral.
Si no ocurre algo inesperado (tal vez con este año judío que se inicia pronto) la tendencia general no permite tener grandes esperanzas. Como judío y como humano, lo siento por todos nosotros.  
El Brindis por Rosh Hashaná del año 2009 me quedó más optimista, creo yo:
De todas formas, sí no nos hablamos: les deseo que tengan un año nuevo bueno y dulce.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El león y su presa: reseña de un libro de Abraham León sobre la historia judía


He comprado hace un par de meses, por menos de lo que cuesta un alfajor (de los buenos), un libro que me ha causado una profunda impresión intelectual. Se trata de Concepción materialista de la cuestión judía, escrito por Abraham León hacia el año 1942. El original en francés, divulgado por Pionniers en París (1946), es editado en castellano por la editorial Indo-América en Buenos Aires en abril de 1953, con traducción y prólogo (emotivo, preciso e inteligente) de Carlos Ekin. Internet me anoticia de dos ediciones en castellano posteriores: una es de 1975 (Ed. El yunque, Bs. As.) y una segunda muy reciente de 2010 (ed. Canaan, con prólogo de Maxime Robinson y epílogo de León Pomer). Todas estas ediciones (no sé si el autor consiguió una publicación previa) son póstumas. Militante socialista nacido en Varsovia en 1920 y emigrado a Bruselas, escribe este trabajo con apenas veinte años de edad, quizá veintidós. No obstante, es un producto de una notable madurez intelectual, y así lo demuestran las reediciones y, sobre todo, el manejo sistemático del contenido teórico, histórico y estadístico que utiliza.
Causa algo de sorpresa conversar con este joven muerto en Auschwitz hace setenta años. Su formación marxista es impecable (tanto que rápidamente se distancia de la maquinaria de partido que dará a luz al estalinismo en Rusia y a la ortodoxia comunista en Europa occidental), su formación histórica, sumamente sólida; demuestra una considerable (aunque insuficiente) capacidad crítica y no deja demasiados cabos sueltos en un volumen cuyo complicado tema resuelve con una estructura interna de escalas históricas empotradas y sucesivas de manera notablemente efectiva. El resultado es un libro interpretativo de la historia judía, que parte de la antigüedad (el período que menos le interesa y en donde existía a mano menos material para trabajar), se centra en la evolución del judaísmo europeo medieval para trazar numerosas líneas explicativas en la vinculación entre la disolución del sistema feudal y la transición al capitalismo y el estado de las comunidades judías. En una edición de bolsillo ajustada pero generosa, consigue su objetivo en apenas ciento cincuenta páginas.
No es un libro perfecto, ni mucho menos. Debe ser leído y criticado con atención. Algunas transiciones entre la situación de los sectores judíos privilegiados y las masas judías son muy débiles, forzadas por el esquematismo marxista característico, y establecen identificaciones claramente inválidas (en mi opinión) así como omisiones de estado y de sentido tan características de esa etapa de la teoría crítica de la sociedad. He dicho que su formación teórica es impecable, pero debe anotarse que perdimos a este intelecto antes de las agudas reflexiones críticas de la segunda posguerra, que recondujeron el pensamiento crítico marxista por nuevas derivas intelectuales que hoy son útiles para interpretar la cuestión judía. O lo serían, si existiera una voluntad colectiva de “pensar el ser” judío para evitar la extinción cultural que parece cada día más próxima.
Sorprende encontrar numerosos elementos que otros pensadores tardaron varias décadas en registrar y desarrollar (véase, por ejemplo, el libro Pensar lo judío en la Argentina del siglo XXI,  colección de artículos de autores varios –Capital Intelectual, Buenos Aires, 2011– y mi trabajo El polvo del santuario: un ensayo sobre la experiencia sionista y su influencia en el judaísmo, Entalpía, Buenos Aires, 2010). Para León, convencido de sus tesis materialistas-históricas, hay pocos secretos en el camino de la asimilación cultural y del surgimiento del nacionalismo judío.
Sus hipótesis pueden (y deben) ser desafiadas. Sin embargo, son tremendamente útiles para el momento presente por su claridad en el planteamiento y su casi arrogante desprecio por las ilusiones idealistas que con tanta facilidad pretenden colocar lo judío en un campo etéreo y ajeno a la historia, donde de manera inefable ve pasar a adversarios y enemigos con la tranquila dignidad de los inmortales. Nada de eso. León nos sumerge con implacable tensión en nuestra naturaleza histórica y compara el pensamiento de amigos y enemigos por igual, siempre que los discursos le resulten útiles para comprender. Sí alguien esperaba ver una especie de reedición de Sobre la cuestión judía, de Marx (libro de 1843 con el que comparte algunos errores de apreciación sobre la composición social de varios colectivos judíos) se sorprenderá, tal vez como yo, agradablemente: el trabajo de León es históricamente más extenso, más comprensivo, es más particular y está más atento a la singularidad, aunque la explique según el mismo patrón teórico. En comparación con otras fuentes de la historia judía que circulan por ahí, me resuena en los oídos casi como un libro imprescindible.
Debe entenderse esta última declaración en el siguiente sentido: en general, los judíos ya no nos preocupamos por la historia judía. La formación histórica de los jóvenes judíos es inocultablemente patética. No sólo se desconocen ampliamente las vicisitudes milenarias de las comunidades dispersas por Europa, Asia y África, o las influencias culturales del primer milenio antes de la era común, sino que la propia historia real y mítica que se entremezcla y disputa las páginas de los textos canónicos, seudo-epigráficos, hermenéuticos y normativos, está virtualmente ausente de las reflexiones y los discursos. Hoy no se espera de un joven judío sin formación religiosa (ni de muchos adultos) que comprenda una referencia bíblica relativamente directa, mucho menos que pueda incorporarla a un panorama histórico general. Por su parte, en el campo religioso la historia no existe como tal, pues no es considerada en términos dialécticos o evolutivos, sino como referencia teológica o normativa directa. Esta no es, sin embargo, una crítica moral, sino una constatación del estado de la cuestión. Antes que amonestar, debemos comprender las razones de este hecho.
Una observación elemental revela que la historia judía reescrita en el siglo XX es la historia del estado de Israel, que lentamente hace de sí mismo el resultado (ideológico) de la historia judía. El resultado de esta hegemonía nacionalista es que el judaísmo contemporáneo parece haber nacido en Auschwitz y haberse criado en el conflicto árabe-palestino-israelí. No carecemos de otras fuentes académicas (incluso israelíes, que suelen ser muy buenas) para leer la historia judía, sólo que como comunidad parecemos haber decidido olvidar todo pasado que no se vincule con Israel como estado-nación.

Abraham León, que es un intérprete de la historia que relata desde otro lugar, nos saca de ese sopor y de esa comodidad, nos cuestiona las bases sociales y económicas de la condición judía a través de los siglos, y lo hace con aguda y humanista indignación, en un resumen apretado y feroz, explicativo de su presente y, sorprendentemente, cuestionador del nuestro. En sus páginas se encuentran datos de los que disponían las agencias judías de la época (pues cita a referentes importantes del sionismo realizador), pero su interpretación, al no querer justificar la solución nacional, es diferente, casi diría refrescante dentro de su densa terminología marxista (un obstáculo que comprendo que a muchos les costará superar). La aculturación como asimilación cultural, el auge del auto-desprecio judío del siglo XIX y principios del XX (que Scholem Asch retratara tan cabalmente en Junto al abismo –ed. Futuro, Bs. As., 1945–), la situación demográfica de las familias judías y mixtas, el impacto tardío de las doctrinas nacionalistas enraizadas en el sionismo, las causas y consecuencias de la estructura económica de las sucesivas poblaciones judías desde el Medioevo hasta el auge del capitalismo imperialista, el desarrollo de la lengua idisch, su decadencia y reemplazo por el hebreo, todos estos son temas sobre los que León descarga sus agudas dentelladas críticas, algunas de las cuales son atractivas incluso como hipótesis de sucesos contemporáneos que nunca pudo ver ni prever.

Para la nostalgia socialista queda su confianza en la decadencia del capitalismo monopolista que era para él (siguiendo a Lenin) la última etapa posible de desarrollo de este sistema antes de su colapso y el advenimiento liberador del comunismo. Pero incluso a aquellos que este lenguaje les cause incomodidad o aversión, el libro tiene mucho que enseñar. Para el aprecio y la crítica, entonces, dejo esta recomendación de lectura que se despide con un párrafo significativo de su prosa y sus derroteros intelectuales: “Es mucho más fácil decir qué fue el judaísmo que precisar qué es (...) el desarrollo capitalista impulsó la evolución de la cuestión judía por vías diametralmente opuestas. Por una parte, favoreció la asimilación económica, y por tanto, la cultural. Por otra, al desarrollar a las masas judías, al concentrarlas en las ciudades, al provocar el recrudecimiento del antisemitismo, fomenta el nacionalismo judío. El “renacimiento de la nación judía”, la formación de la moderna cultura judía, la elaboración del idioma idisch, el sionismo, acompañan los procesos de emigración y de concentración de las masas judías en las ciudades y corren paralelamente con el desarrollo del moderno antisemitismo. En todos los lugares del mundo, en todos los caminos del exilio, las masas judías, al concentrarse en barrios determinados, creaban sus propios centros especiales de cultura, sus periódicos, sus escuelas idisch. Naturalmente, en los países de mayor concentración judía –Rusia, Polonia, Estados Unidos–, es donde el movimiento nacional ha tomado más amplitud. Pero el desarrollo de la historia es dialéctico. Al mismo tiempo que se elaboraban las bases de una nueva nacionalidad judía, se creaban también todas las condiciones de su desaparición. Mientras las primeras generaciones de judíos en los países de inmigración siguen firmemente adheridas al judaísmo, las nuevas generaciones pierden muy rápidamente sus costumbres y lengua particulares.”

Para los interesados que no puedan conseguir el libro, supongo que algo podremos hacer si se comunican conmigo al respecto.

Alejandro Soltonovich