viernes, 30 de noviembre de 2012

Del Jeremías de Stefan Zweig al milenarismo judío contemporáneo: breve analogía y grave advertencia


1. Contexto
Aunque está escrita en un tono teatral, que sintoniza muy bien con el contenido dramático de la trama, Jeremías es una obra de Stefan Zweig que bien puede catalogarse como novela histórica. Aunque su fuente no ha sido sometida a crítica por parte del autor, el tono es claramente explicativo, didáctico... admonitorio. Zweig la escribió en el contexto de la primera guerra mundial, cuando le quedaban dos décadas antes de su suicidio en el exilio de Brasil. Como el espanto de la segunda guerra mundial no era todavía imaginable ni el nazismo era predecible, buena parte de su matiz apocalíptico y terminal es comprensible, aunque la historia se empecinara en empeorar muy pronto Verdún y el Somme con Stalingrado e Hiroshima.
Al mismo tiempo, las consecuencias de la guerra inter-imperialista no eran todavía previsibles. No podía anticiparse que la caída del imperio otomano y la ocupación británica de Palestina y la Trans-Jordania contribuirían notablemente al éxito del movimiento sionista: las colonias judías promovidas por Ahavat Zion y la acción diplomática de los líderes sionistas occidentales (junto con la debilidad de las primeras dos olas migratorias judías a Palestina) no auguraban todavía ningún éxito del nacionalismo judío en la región, a pesar del compromiso británico expresado en 1917 a través de la declaración Balfour, que el Libro Blanco de McDonald intentaría anular en 1939.
Jeremías es una novela metonímica, pero no es necesariamente alegórica. Somos nosotros los que podemos convertirla en una alegoría. En ella se narra el fin del mundo (y la increíble continuación de la existencia) a través de la caída de Jerusalén y la destrucción del templo por las tropas de Nabucodonosor II (a quien Zweig retrata de manera ambivalente como un agente del destino impuesto por Dios y como un actor propiamente político, en una oscilación que se entiende desde la perspectiva de la lucha política e ideológica interna entre los judíos de Jerusalén). De esta tensión política e ideológica es de lo que quiero tratar hoy, con la ayuda de este Jeremías tremendo y conmovedor. Quienes conocen ya no el libro de Zweig, sino la historia del profeta, ya pueden anticipar que no se tratará de un paralelismo feliz, ni mucho menos esperanzado.
2. “Eternamente dura Jerusalén”.
Los grandes profetas del exilio babilónico (Ezequiel y Daniel) constituyen elementos de transición hacia el nuevo judaísmo tutelado por la potencia persa y configurada por la política interior de los Aqueménidas durante los siglos sexto y quinto a.C.: son profetas con oscuras esperanzas de resurrección bajo el imperio definitivo del dios masculino único. Pero Zweig sabe bien lo que hace, y elige a Jeremías, el profeta de la destrucción y la muerte.
La tensión de la novela se centra en una dislocación psicológica tremenda. Jeremías es hijo de un sacerdote, su destino social es el sacerdocio hereditario, lo cual equivale a expresar que forma parte de los sectores dominantes (como lo era la familia del propio Zweig) aliados a la monarquía. En teoría, no hay nadie más alejado que él para seguir el camino del proyecto profético-apocalíptico encarnado originalmente por Elías en su contienda con el rey Ahab, en especial luego del episodio de la viña de Nabot (la pregunta: ¿Asesino y heredero? Continúa siendo central en material de moral geopolítica). Sin embargo, el sueño profético lo invade: mientras los sectores dominantes y el pueblo llano viven en la Jerusalén amenazada por la guerra, viven en la esperanza de una alianza con Egipto (esperanza bastante absurda, después de la batalla de Karkemish), en la esperanza de la intervención divina a su favor, Jeremías camina entre las ruinas del templo y los incontables cadáveres, Jeremías ve las llamas, huele el humo y la carne humana chamuscada, escucha los lamentos de agonía y el grito de los cuervos. Como Casandra de Troya, no puede contar la verdad y ser creído al mismo tiempo. Y no es creído porque su Dios ya ha decretado la caída de Jerusalén y el exilio, porque los sectores dominantes han sido infieles al pacto. El discurso de Jeremías se confunde: le habla al rey, a los sacerdotes, a los generales... a quienes son socialmente su clase... pero sólo el pueblo puede escucharlo, y es el pueblo de Jerusalén el que vive la tensión ideológica que cruza la historia del profeta.
Hay en la novela un mantra que se extiende desde el confundido rey Sedequías (cuyo nombre “Justicia Divina” es una burla macabra y una ironía trágica) hasta el último vigía de las murallas (los vigías que son la estirpe de siglos de vigías de David), una idea que se contagia irreflexivamente al pueblo: el destino de la conservación porque, dicen constantemente, “Eternamente dura Jerusalén”. Lo dicen en cada encuentro, ante cada decisión política, porque Dios no dejará caer su sede única, su santuario, su ciudad. Pero Jeremías camina en las calles ya condenadas y solo un escriba, ese pequeño Baruj destinado a narrar la historia y a intentar cambiarla, lo sigue en su peregrinación. Jeremías sabe lo que no quiere saber: que la ciudad está condenada y que él es el profeta maldito de la condenación, de tal modo que sus visiones son una carga insoportable, como el orgullo es la carga insoportable de los nobles de Israel, encarnada en la inflexibilidad del rey (que recuerda la inflexibilidad del Faraón ante Moisés y Aarón, forzada por la divina voluntad) y en la fanática voluntad guerrera de Abimelech ante las fuerzas superiores comandadas por Nabussaradán (Nabucodonosor el Arquitecto no se molestó en ir a esta campaña de “pacificación” de Siria y Judea, estaba ocupado en los siguientes treinta años de su reinado, embelleciendo Babilonia). Increíblemente, luego de la victoria caldea Jeremías se rinde a la majestad del execrado Sedequías, quizá porque la justicia divina se ha consumado o porque no es capaz de renunciar del todo a los privilegios de clase instituidos en la monarquía, un acto que me impide sentir una simpatía completa por Jeremías: “Sedequías, mi rey y señor, de pie permanecí frente a ti cuando tuyos eran la fuerza y el poder, pero ante el agobiado por Dios me inclino, el siervo más humilde de su dolor. El primero fuiste en beber la copa de nuestra amargura, el primero fuiste en padecer, ¡seas entonces el primero de nuestro pueblo en toda la eternidad, y comienzo de su salvación! ¡Oh, tú, rey de los pesares, ungido de la prueba, señor de Israel. Levanta tu frente para que nos ilumine, condúcenos, tú que ahora solo ves a Dios y ya no el mundo, condúcenos, conduce a tu pueblo!   
3. Am Israel Jai (Vive el pueblo de Israel)
Hoy en las murallas de Jerusalén estamos nuevamente; algunos dicen que retornamos del Gran Exilio, ya nada será como era, no nos amenaza nuestra celosa y terrible divinidad ancestral: ese dios que es un puño cósmico siempre dispuesto a caer sobre nuestras faltas. Tememos a nuestros enemigos aunque, como Sedequías, no estamos dispuestos a ceder ante ellos para conseguir la paz y confiamos en el fondo en nuestro destino porque, si sobrevivimos al genocidio nazi y a los pogromos, si levantamos frutos del desierto, si vencimos a fuerzas superiores coligadas para exterminarnos y cantamos que “Am Israel Jai”, es decir, que el pueblo de Israel vive (y vivirá), no hay realmente nada que temer, por grandes que parezcan los peligros. Hoy también la gran potencia es nuestra aliada, como lo era Egipto para Sedequías (aunque otro mar nos separa, Jeremías fue a morir a Egipto), ni los signos de su decadencia relativa nos asustan. Hoy también el moderno Abimelech confía en sus tropas y en sus armas ungidas de divinidad, y nunca se plantea cómo están siendo utilizadas, porque su causa es la de Israel y, en consecuencia, su causa es inherentemente justa y ajena a toda crítica. Claro, no todos somos modernos Sedequías o Abimelech, no todos hacemos certezas teológicas del cálculo político, del orgullo o la ira justiciera... pero tampoco somos Jeremías. Pero es notable que hay quienes sí lo hacen, y claman que el “pueblo de Israel vivirá”, como creían hace dos milenios y medio que eternamente duraría Jerusalén.
No he tenido sueños nocturnos ni camino entre los muertos que aun viven, mucho menos quiero verlos morir, ni siquiera para verlos encarnarse nuevamente, como vivió Ezequiel. No obstante, no estoy ciego como el rey. Si estamos aquí, incluso contra toda anticipación o esperanza de nuestros adversarios (en el fondo nos aman, porque somos su excusa, su quinta columna para sentirse justicieros), si realmente estamos aquí, como clamaba el viejo himno de los partisanos, es porque la historia cambia, porque no es fácil saber lo que trae con cada vuelta de página. Y esta es la advertencia: puede volver a cambiar en una dirección terrible, incluso definitiva. Sonreímos de manera milenaria y milenarista al recordar la caída del faraón, la de los jardines colgantes edificados por Nabucodonosor el Grande, sonreímos al verificar que los imperios persa y macedonio y romano son recuerdos en libros que cada vez son menos leídos, pero vive el pueblo de Israel; sonreímos incluso al ver que sobrevivimos a Nazis y Cosacos (aunque es mentira: ellos vencieron, como las, legiones de Adriano seis siglos después de Jeremías, ellos nos mataron y morimos, y solo sobrevivimos en la estadística y con un costo enorme, pérdidas irreparables de pueblo y cultura); sonreímos porque eternamente dura Jerusalén.
Pero estas expresiones de eternidad no están basadas en el conocimiento, ni siquiera en la lógica: son expresiones puramente ideológicas y, lo que es peor, ideográficas: construyen una apariencia de realidad que la disocian de toda demostración o prueba empírica. No importan cuanto crezcan los enemigos (especialmente esos enemigos interiores que todas las personas y los pueblos arrastramos con nosotros) nada importa porque lo que importa es, en la ideografía, eterno, indestructible, inmutable...
Stefan Zweig es un escritor universal, un judío que trató temas judíos con vocación universalista (y así se comprueba en la admiración que su prosa ha despertado en los observadores más variados) pero esto no es obstáculo para que los judíos escuchemos su clamor y su advertencia. El precio de las certezas ideológicas y las cegueras políticas ya se ha pagado en la historia judía, y no es cuestión de ceder ante el inevitable conflicto interno que aparece cuando las verdades absolutas son desafiadas por el buen sentido. Así como tenemos la tarea de defender las murallas de David de los enemigos externos, no queda más remedio que defendernos de los adversarios internos representados por el sinsentido y el milenarismo. En mi caso, el recuerdo de riquezas judías del pasado y de errores judíos de todos los tiempos es la herramienta mejor de que dispongo. ¿Por qué? Porque creer que eternamente dura Jerusalén y que por siempre vive Israel tal vez sea el camino más rápido para perdernos, porque es una creencia que no aprende de la experiencia y que no contiene la sapiencia de comprender que, pueblo afortunado, hemos sufrido mucho no por estar elegidos para el sufrimiento sino porque hemos existido más de treinta siglos. Si no actuamos con sabiduría, es más probable que la buena suerte se acabe.