miércoles, 21 de noviembre de 2012

Ay de Jerusalén: Manifiesto forzado sobre el estado actual y permanente del conflicto palestino-israelí



¡Qué difícil hacer algún comentario! Un analista no debe ser un cronista de guerra pero, al mismo tiempo, el silencio es, en sí mismo, un acto de complicidad. Gran problema, ni siquiera está claro de complicidad con quien. Si no se condena el modo y el trasfondo de esta operación “Pilar Defensivo” se es cómplice de un gobierno israelí que sistemáticamente viene desarrollando una política de desactivación de toda oportunidad de paz regional; a la vez, sí solo se condena esta operación particular olvidamos criticar una larga trayectoria de pésimas políticas por parte de sucesivos gobiernos israelíes. Por su parte, si no se hace foco en la imbecilidad política de Hamas, al hacer el juego al gobierno actual de  Israel con esos misiles que llueven sin concierto sobre el sur del país, al utilizar a la propia población civil como escudos humanos y al ejecutar sumariamente presuntos colaboracionistas, también seremos cómplices de dar desde la distancia falsas expectativas al pueblo palestino, es decir, en el caso de que nuestra opinión le importara algo.
No creo que, en estas condiciones, se pueda aportar nada nuevo, excepto abstenerse del silencio, excepto expresar con la mayor claridad posible una opinión consolidada que se sustente tanto en valores humanos como en conocimiento humanamente orientado. El problema es que la claridad es, en estas condiciones, materia de utopía.
He recibido un mensaje invitándome a participar de una marcha “a favor de la paz en Israel”. No sé muy bien qué hacer. El problema, otra vez, es que no queda claro qué es lo que se estaría reclamando: si el final de la política beligerante de Israel o el final de la política beligerante de Hamas, o ambas y, en ese caso, ¿qué sentido de continuidad? Después de la tregua Clinton, ¿seguimos  hacia donde? Incluso hecha esta aclaración, quedarían sin resolver aspectos relativos a sesenta años de enfrentamientos (más que suficientes para generar movimientos ideológicos dislocados y erráticos en ambas partes) y aspectos relativos a la gran asimetría que existe en las relaciones establecidas en este periodo en un contexto internacional determinante y volátil.
Desde hace ya muchos años soy partidario de la idea de que, dadas las condiciones de asimetría social, económica, política y militar que se desarrolló entre Israel y Palestina, no hay solución al conflicto que no suponga una mayor carga para Israel. No se trata de que Israel “deba” más. No propongo una tesis moral, sino una pragmática.
En este sentido, Israel, como potencia militar incontestable debería negociar con los palestinos incluso frente a las peores amenazas de exterminio por parte de estos. Pero Israel se niega a hablar mientras no se reconozca su derecho a existir, sus fronteras defendibles, su capital en Jerusalén y su derecho a conservar el estatuto de estado judío aun sin conceder la creación de un estado árabe palestino. Por su parte, los dirigentes palestinos han aniquilado su ventaja ética con su retórica y su insistencia en el martirio y el ataque en cada fase del conflicto, desactivando la presión internacional sobre Israel, sin contar con esas imágenes de presuntos traidores asesinados y arrastrados como reses muertas por las calles, publicadas incluso en medio tendenciosos en contra de Israel. Además, como potencia económica relativa, Israel debería asumir mayores costos, tanto en materia de inversión para la paz como en materia de desarrollo humano del pueblo palestino, que con frecuencia serían coincidentes. Este mecanismo no debería alterarse en la solución de dos estados o en la de dos comunidades separadas pero integradas en lo político y lo económico. Estoy hablando a futuro, pero eso no implica desconocer algunos indicios en el pasado de la posibilidad de establecer políticas de esta índole.
Pero el hecho es que hay demasiada gente poderosa beneficiándose de la persistencia del conflicto, demasiadas emociones a flor de piel y demasiados prejuicios incorporados al debate. Las acusaciones cruzadas son casi siempre maximalistas: Israel es el diablo o los palestinos lo son. Y en materia humana el maximalismo es casi siempre ridículo, y siempre peligroso.
No por primera vez, entonces, propongo re-articular los valores a defender (sin que esto implique poder ni querer imponer un determinado catálogo o una determinada jerarquía) e intentar comprender como se instalan en este conflicto, como se instalarían en políticas diferentes a las que se desarrollan ahora.
En primer lugar, tal vez me equivoque, la vida humana y la integridad física. Nadie va a acusarme de ser individualista pero, en este caso, tal vez puedan hacer una excepción: valoro positivamente que ninguna persona, en tanto individuo, sea asesinada o vea menoscabada su integridad física. En este sentido, en momentos puntuales del conflicto se han hecho esfuerzos por ambas partes, pero no se ha comprendido o no se ha querido comprender que el momento puntual es insuficiente si no se aprovechan las treguas para desactivar los conflictos, y eso, claramente, no se ha hecho. Israel ha ofrecido largos periodos de no intervención, pero no ha acompañado este movimiento con la desocupación del territorio palestino tanto en el plano militar de los destacamentos militares como en plano demográfico de los asentamientos. Israel supuso en los años ´90 que la paz entendida como no agresión era suficiente, especialmente si se desarrollaba la economía; la dirigencia palestina extremista aprovechó el descontento social para decir “vamos por más”, pero en un sentido beligerante y (cosa sorprendente para su capacidad militar muy inferior) prepotente. Porque esto debe decirse: el estado de Israel es prepotente, eso es obvio, pero lo es sobre la base práctica de su capacidad militar, mientras que la prepotencia de Hamas se sostiene solo en plano discursivo. Cuando Hamas dice que si Israel no hace tal cosa pagará las consecuencias, frecuentemente es mera retórica. Pero el caso contrario no se da: cuando las fuerzas armadas israelíes intervienen, cada operación se salda con muertos y generalmente, bastan uno o dos días para que se superen daños y víctimas en el lado palestino respecto de meses o años de ataques menores contra la población israelí.
Pero si Hamas es imbécil al fanfarronear, también es imbécil la exagerada respuesta israelí en términos de soluciones amplias y a largo plazo. En cada caso el gobierno israelí ha preferido sacrificar su posición internacional (sabiendo que cuenta, en general, con la complicidad de las potencias) para consolidar su posición interna, lo cual solo se explica por las posiciones ideológicas maximalistas que suelen predominar entre la población israelí.    
En segundo lugar, tenemos el problema de la igualdad vinculada  a la autodeterminación. Teóricamente, como aceptamos que todos los humanos nacemos iguales en razón y en derechos (yo opino más o menos eso: todos somos más o menos iguales en materia de estupidez e intereses mezquinos), de eso se deriva que los pueblos deberíamos ser capaces de elegir libremente nuestro destino. Es para llorar. Permítanme decirles: estas cosas no pasan. Israel mismo no existiría si las condiciones de expansión y retracción del imperialismo europeo no hubieran dejado su marca en medio oriente. El único “derecho” que los pueblos han ganado para auto-determinarse es, o bien la fuerza de las armas o bien la evaluación en términos costo-beneficio, es decir, si los poderes predominantes en estados que ostentaban cierta soberanía en una región consideraban excesivo el precio militar y económico de la ocupación (que es la razón, por ejemplo, por la cual Gran Bretaña abandonó la región a su suerte en 1948). Claro, la fuerza militar de las potencias amigas suelen ser suficientes para alterar las perspectivas. Por eso desde hace rato vengo diciendo que las potencias amigas le han hecho un flaco favor a Israel al no oponerse a sus políticas, pues han eternizado el conflicto con el pueblo palestino.
Y es que, insisto, sea como espacio de ubicación de armamento o como espacio de distracción geopolítica, se ha preferido no extinguir las razones de la guerra y nada se ha hecho realmente para desactivar el conflicto regional. Lo mismo ha ocurrido, claro está, a lo ancho de todo el planeta, pero el caso Israel-Palestina es paradigmático. Incluso los defensores a ultranza de la causa palestina en el resto del mundo deberían ser responsables de sus actos, pues cuando opinan sin cesar en contra de la política israelí con frecuencia reproducen una serie interminable de prejuicios anti-judíos que no hacen más que reforzar la conciencia ideológica de israelíes y judíos de que resistir en Israel es su única opción de supervivencia. “A fin de cuentas”, se dicen los defensores de la causa sionista, “hay mil doscientos millones de musulmanes en el mundo y hay más de una docena de países musulmanes (y muchos más con mayorías musulmanas), mientras que estados judíos hay uno solo, y muy pequeño; el anti-judaísmo es una larga tradición (claramente pre-israelí) y debemos defendernos”. Pero no, los “amigos” de palestina prefieren en muchos casos negar el genocidio nazi o justificarlo retrospectivamente con el presunto genocidio palestino (creo sinceramente que Israel no ha encarado una política realmente genocida en términos de masacres organizadas, aun en los peores momentos del conflicto, aunque soy más renuente a creer que no estableció políticas para el desplazamiento forzoso de la población árabe a lo largo de estos sesenta años, por esa razón destaco la presunción de otros sobre este hecho).
Claro, hay mucha gente que solo sale a reclamar que Israel detenga sus ataques. Si levantamos el dedo y decimos que lo hacen porque “son antisemitas” (expresión que en este contexto solo tiene sentido político) eso equivale a justificar toda operación israelí, incluso una como ésta, que le viene tan bien al gobierno de turno de cara a las próximas elecciones (previstas para el próximo enero) y que solo conseguirá extender a una nueva generación de palestinos el odio contra Israel.
He escuchado a muchos honestos sionistas sostener la tesis de que los palestinos, en el fondo, no quieren la paz, no quieren negociar; solo quieren esperar a que el peso de su crecimiento demográfico superior altere las condiciones políticas en la región. Creo que están profundamente equivocados. No niego que una fracción de la dirigencia política palestina oriente su estrategia en este sentido de largo plazo, pero es inconsistente con la mayor parte de las tácticas palestinas de lucha. Si la tesis fuera correcta, los palestinos deberían preferir una callada sumisión a las políticas segregacionistas israelíes, aguardando el momento de la victoria, cuando en la práctica se observa un arco de manifestaciones mucho más amplio y difuso. Creo que es está más cerca de la realidad decir que ambos bandos han perdido la capacidad de establecer estrategias claras, y eso es quizá el mayor obstáculo para la paz, pues todo lo que se haga estará mal para la parte opuesta y, más importante, para una amplia fracción de la propia. Todo, excepto la demagogia y el oportunismo: el misil, el “ataque quirúrgico”, el “pilar defensivo”. Estas cosas tendrán buena prensa en el bando propio. Mientras tanto, impera el embrutecimiento, el fanatismo, el pragmatismo abstracto (que es una forma actualizada de fanatismo) , el ciego amor por los “principios” que impide evitar la siguiente víctima.
Soy judío, pero la solución nacional de los problemas judíos, lo que se suele denominar sionismo (por favor, los que utilizan la palabra como insulto, sin saber a qué se refiere realmente, estudien un poquito; si aman la causa palestina, y no simplemente aman odiar a los judíos, estudien un poquito el tema), esta solución, decía, no es de mi preferencia. La considero legítima en su contexto, comprensible... pero creo que nunca fue la mejor idea. Ya lo he discutido en otra parte. No soy creyente y, por lo tanto, creo que la tierra de Israel, la propia Jerusalén... pueden amarse, pero no adorarse al punto de creer que valen más que la existencia propia de los seres humanos que componemos la judeidad ni la de nuestros vecinos en el planeta.
Soy judío, y estoy confundido ¿de qué me serviría mentir? Respecto de este conflicto perenne, estoy confundido. Culturalmente, no hay nada más cercano a la tradición judía que el Islam, ni hay nada más ajeno a nuestras luchas por sobrevivir durante los últimos quinientos años al menos que el conflicto con árabes y palestinos... y bastaron sesenta años para incrustar la historia judía en estos hechos, en estos debates, ¿cómo llegamos a esto, a justificar las muertes y la opresión de nuestros hermanos? ¿No es evidente la trágica ridiculez de todo este conflicto?
Y no hemos sopesado aquí el contexto: Siria, Egipto, Irán, Arabia Saudí, Turquía, en el contexto aun más amplio que es la reconfiguración de la economía mundial: EUA, la UE, China, Rusia, Japón, Latinoamérica, de la cual todos somos parte. Quienes ya me conocen la ven venir y dirán “No, no, no, no, otra vez va a empezar con la crítica del capitalismo... le va a echar la culpa al pobre capitalismo del conflicto palestino-israelí, nos va a importunar con su cháchara marxista para convencernos de que, como todos somos parte del capitalismo, todos somos parte del conflicto en medio oriente... ¡qué pesado!...” Pues sí, eso es exactamente lo que voy a hacer: porque creo que el sistema, al promover la compulsión a la ganancia, nutre el interés por la guerra y se nutre también de la guerra y la injusticia derivada de la guerra; porque creo que el sistema tiene mucho que ver con esta confusión ideológica y política que encierra a la gente (me incluyo en la categoría) en sus prejuicios y merma su libertad intelectual, y merma también su capacidad de ser agentes morales, ya que nos tiene ocupados en consumir y en ganar dinero para consumir.  
No estoy diciendo ninguna novedad, solo manifiesto una posición, una posición que se confiesa confundida en algunos aspectos... pero no en otros... no tolero los asesinatos, no admito la opresión, no consiento la desigualdad forzada ni el pragmatismo abstracto que anula los valores humanos. No me engaño, en este punto: estos valores son un invento, una creación ideológica, lo son. Pero son los valores que en su esperanza (la esperanza tal vez falaz que quedó en el fondo del ánfora de Pandora) me permiten sobrevivir a la vergüenza de pertenecer a este momento de la historia humana, en donde el interés ególatra y la estupidez parecen tener tantas cartas en la mano, dejándonos arena nada más entre los dedos.
Me despido con la transcripción de un mal poema que quiso expresar mi posición aquí; creo que al menos expresa mi confusión, mi desesperanza. No está escrito para la ocasión, es viejo, solo que ahora parece más oportuno.

Ay de Jerusalén

Eres la casa de piedra donde encuentro fundamento.
Eres mercado en los montes que trafican viejos sueños.
Eres ombligo del mundo. Una roca hay en tu centro.
Eres el puñal del padre que nunca cayó en mi pecho.

Eres muro soportado por los fantasmas de un templo.
Eres camino de cobre hacia las ruinas del reino.
Primogénita del alba. Bóveda de los recuerdos.
Puerta al campo de batalla. Cuervo que vuela sediento.

Olvidaría mi diestra para robar un silencio
A tu memoria cautiva de la guerra entre tus pueblos.
El genocidio pasado no se cierra en nuevos muertos
Ni justifica su mancha este amanecer sangriento.

Porque te quiero en justicia, sin justicia no te quiero.
Porque no quiero tu cielo si no está limpio tu suelo.
Porque tu historia no vale esos hijos del acero.
Porque en la paz entre iguales vive mi dios verdadero.

Puedo ser en tu muralla partisano o macabeo,
No soldado que nos haga asesinos y herederos.
Jerusalén madre y tiempo, imagen del universo.
Pero, aunque soy Israel, hijo de Eva soy primero.