lunes, 18 de julio de 2011

La memoria y el duelo

En el calendario judío existe una fecha de luto general: el día noveno del mes de Ab se conmemora la destrucción del templo de Jerusalén. Si la memoria no me engaña, se han reunido en una fecha dos destrucciones diferentes: la del primer templo, ocurrida en el siglo sexto antes de la era común y la del segundo templo en el año 63 (o, tal vez, el año 70) de la era común.  Se aprovecha también para deplorar la derrota ante el imperio romano en los siglos primero y segundo, la desaparición forzosa de comunidades medievales y el genocidio durante la segunda guerra mundial.
Personalmente, como ni siquiera puedo utilizar esta fecha con el sentido nacionalista que ha crecido en el judaísmo a lo largo del último siglo y medio, no acepto con facilidad este luto, porque he aprendido (o tal vez he deseado aprender) que la destrucción del templo es la desaparición de una casta aristocrática sacerdotal cuya reaparición no puedo desear. El aprendizaje del igualitarismo republicano  y el tenor de los derechos humanos me hacen desear otras realidades para el devenir de la cultura judía. Como el resto de los acontecimientos sí son motivo de luto, además de memorables, ese sufrimiento generalizado, aglutinado, empastado por la ideología, produce cierta extrañeza.
Sin embargo, de esta unificación de las fechas dolorosas, aunque no se comparta su origen, algo es posible aprender. Con el tiempo, con los siglos, esta reunión es quizá saludable, porque la memoria colectiva va acumulando tantos males que no alcanzaría el año para estar de luto.  Se trata también, quizá, de una llamada de atención para el duelo individual y, en general, parece un sano consejo de la historia porque, habiendo tanto para hacer, la vida no puede pasarse en lágrimas y, por otra parte, habiendo tanto para recordar no debe dejarse lugar a la desmemoria.
Con un frío en los dedos que va bastante bien con el clima, redescubro que para mí también este día presente reúne al menos dos duelos importantes, dos impactos separados entre sí por casi una década que se necesitarían de dos espacios de inspiración diferentes también para retratarlos. Con este frío en los dedos, sé que no va a ser posible. Sé, con la experiencia que me han dado muchos años de continua dedicación a la escritura, que hoy no será un texto inspirado el que salga de mis manos. Algo seco, además de algo frío, empañan el recuerdo de la fecha de dos estallidos muy diferentes. Que sea el esfuerzo por recordar lo que tengo hoy para dar.
Uno es el evidente recuerdo del atentado a la asociación mutual israelita argentina en el año 1994. Del otro, ocho años más joven, ni siquiera quiero hablar: pertenece a un puñado de personas, nada más. Este es mi día noveno del anteúltimo mes.
Repaso la justicia insatisfecha, ausente, despreciada, violada, interesada por diferentes intereses que ha dejado de circular durante diecisiete años.  En todo este tiempo, sólo ha quedado probado que la justicia fue adulterada y, como no puede ser de otro modo, anulada en el sentido más estricto posible: no sólo no se ha esclarecido una matanza, también se ha impedido el esclarecimiento. Y en la otra cara de la moneda lo contrario: persiste una pesada carga de certezas y de conocimiento, que de poco parecen servir para aplacar el dolor. Percibo, aunque no con claridad, que la justicia y el duelo son procesos diferentes, ambos necesarios, ambos notablemente dolorosos.
Si algo no pretendo es indicar como se debe sentir este momento. He visto a los muertos, estoy recordando a los vivos, a los vivientes que somos y a los muertos queridos que han vivido, y tampoco sé como sentir.
Que quede al menos la memoria, pues sin ella no hay amor, ni habrá justicia.